Semblanza del Múrshid Sheij Alí Al-Husainí (4)

Antecedentes públicos previos a la Yamá‘ah

Cerca de 1970 un grupo de personas de la Escuela de Estudios Orientales de la Universidad del Salvador de Buenos Aires entraron en contacto con el Múrshid a través de su hermana, que estudiaba filosofía en esa Universidad, y él promovió la idea de formar un grupo cultural, un centro de estudios, que se interesara por la cultura árabe, la civilización islámica, debido a que en aquella Escuela el Islam no tenía gran parte. Había dos estudiantes que eran muy activos, y con ellos llevó adelante la iniciativa por un tiempo. Decidieron primero visitar las embajadas árabes para obtener apoyo, algo bastante ilusorio por cierto.

Estuvieron poco tiempo juntos, porque enseguida el Múrshid se dio cuenta de que el grupo no funcionaba, que con esas personas no se podía organizar siquiera una pequeña conferencia, y que su motivación era tal vez egoísta, la de vincularse a un país islámico para obtener alguna beca y poder ir a estudiar allí. Por otra parte, no había una convicción interior en ellos acerca del Islam, por el cual sentían nada más que cierta simpatía.

Un hecho muy importante en la preparación del Múrshid fue su primer viaje a Meca, en abril de 1974, para participar del primer congreso internacional de instituciones islámicas del mundo, al que fue invitado tras haber publicado la revista «Islam», en junio de 1973, y haberla enviado a la Liga del Mundo Islámico. Allí pudo tener la prueba tangible del Islam, conocer por primera vez un país islámico, llegar a la Sagrada Ká`bah. (1) Esta experiencia fue decisiva para transformar un Centro ambiguo, difuso todavía, en una institución verdaderamente islámica.

La revista «Islam» apareció por primera vez en junio de 1973, y su primera tapa agregaba como subtítulo «cuadernos de pensamiento musulmán». Su primer artículo fue firmado por el Múrshid con el seudónimo de Yihád Áhmad; se titulaba «La fe primigenia», y ya desde la presentación de la revista la intención era la de dirigirse solamente a los medios culturales, lo que con el tiempo cambió por lo que debía ser. En cuanto al lenguaje de la revista en esa época, podemos relacionarlo con la formación intelectual del Múrshid, el estudio de la lógica, y su capacitación en la metodología científica de la investigación filosófica, todo lo cual lo había acostumbrado al análisis filosófico (2), sin desechar la enseñanza espiritual profunda.

Entre 1974 y 1979 desarrolló paralelamente una intensa actividad en el Centro Islámico de la República Argentina, e hizo algunos viajes al exterior en representación de esa institución.

Podemos destacar que la comunidad sunnita nunca lo consideró ajeno, porque siempre tuvo una postura de unidad, y fue consecuente con ello hasta el presente.

En el año 1979 visitó nuevamente Arabia, en representación del Centro Islámico de la República Argentina, para asistir a un Congreso de Lectura del Sagrado Corán. Fue con otros dos miembros de la comisión directiva. En 1985, en otro certamen de recitación del Sagrado Corán, tuvo la dicha de presentar como concursante a su hijo Yihád, quien recibió un premio de aliento. Hasta hoy su hijo es un buen recitador del Sagrado Corán, y el Múrshid no duda en reconocer que en gran parte se debe a la enseñanza que le infundió su madre. El punto de ruptura con su vida pública fuera de la yamá‘ah surgió con motivo de un congreso de instituciones árabes e islámicas de la Argentina, realizado en Córdoba en 1984, donde la comisión directiva del Centro Islámico había acordado defender la postura de que era la entidad madre del resto de la entidades, lo cual el Múrshid no compartía por parecerle equivocado, pero finalmente, como vocero de la institución, tuvo que defender esa posición en el congreso. Hubo, por supuesto, mucha resistencia de las entidades del interior, y en medio de la discusión los propios delegados del Centro Islámico lo dejaron solo, y quedó ante todos como si hubiera sido el promotor de la idea, cuando estaba respondiendo a lo convenido anteriormente. Entonces, sorprendido por la inconsecuencia del resto de los delegados del Centro Islámico, renunció a esa posición, lo que provocó un gran aplauso de las entidades del interior, lo que también lo sorprendió, y destrabó la situación conflictiva.

 

Cuenta nuestro Múrshid al recordar este episodio: «Estas contradicciones se dan a veces en las instituciones públicas, y así uno aprende a no comprometerse con las personas irresponsables. Yo era joven, y no me había dado cuenta de ciertas maldades, de la hipocresía, de la búsqueda de poder, de la gente traidora que en el momento álgido me dejó aislado, cuando eran ellos mismos los que habían promovido esa posición. Me di cuenta que debía purificarme de eso, y renuncié. Nunca más intervine como directivo en ninguna otra institución, y si participé en un comienzo fue porque me lo pidieron.»

Esta experiencia desagradable fue a la postre muy fructífera, porque le permitió al Múrshid librarse de obligaciones burocráticas, y concentrarse a partir de entonces en el estudio y la difusión del Islam, etapa en la que encontró el reconocimiento de la gente, y en la que fue conocido en los ámbitos no musulmanes como representante de la comunidad islámica, tanto en los medios de comunicación, como en diversos organismos públicos y privados.


(1) Su hermano Ibrahim lo acompañó en el viaje, cubriendo él mismo el costo de su pasaje, pero en Meca fue liberado de todo gasto, participando en el congreso como miembro del Centro de Altos Estudios Islámicos.

(2) Cabe aclarar que Sidi Múrshid interrumpió su carrera de Filosofía en la UBA durante un tiempo por los problemas políticos que atravesaba el país en los años setenta, que determinaba que estudiar allí fuera caótico y hasta peligroso. Luego los retomó y se recibió como profesor de filosofía.

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