Historia de Al-Husain (P) y Al-Hurr

“Mi nombre es Al-Hurr. Fui hijo de una buena madre, firme creyente, que tuvo la desgracia de casarse con un hombre de corazón enfermo e ignorante, mi padre, al cual solo le interesaba el dinero y la posición del mundo. Desde pequeño mi padre me separó de mi madre, argumentando que era ella una mala influencia para mí. Recuerdo las tardes de niño en su compañía, ella me enseñaba el Din de Allah y la vida piadosa, todo lo cual escandalizaba a mi padre, ya que tenía la intención de hacer fortuna con su hijo. Pronto fui mandado lejos, a estudiar la vida militar, y nunca más volví a ver a mi madre, quien, luego tuve noticia, murió tiempo después de mi partida. Durante mi juventud fui perdiendo todo rasgo de lo que ella me había enseñado, y ¡Allah me disculpe! Me dediqué a la vida mundanal, haciendo rápidamente carrera dentro del ejército.
La vida en los campos de batalla no era fácil, se necesitaba tener un temperamento fuerte y voluntad de hierro. Y los campos de batalla eran sin duda la parte sencilla de esta carrera, ya que esto se complementaba con la vida en la corte, y un militar que no tuviera una buena relación con el Califa y su gente, no veía concretados sus anhelos. Esto me llevo a pasar largas noches en reuniones vanas, de esas en que los ángeles escapan y Satanás festeja la estupidez del hombre. ¡Allah sea Misericordioso conmigo! Si las recuerdo siento mayor tristeza y dolor por esas reuniones que por las imágenes que llevo conmigo de las contiendas en las que he participado. Pero soy hombre y por lo tanto ignorante, y en ese momento me felicitaba a mi mismo por entrar en contacto con los de poder y asegurar así mi porvenir. Y si se hablaba de política movía mi cabeza como un burro, asistiendo a lo que estos hombres decían y si el tema era nuestra religión ponía rostro serio y aparentaba escuchar con respeto, aunque sabía que quienes hablaban estaban lejos de ser ejemplo de algo, pero solo tenía en mente ascender en mi posición. Y fue así que se me fue otorgando cada vez mayor responsabilidades y más hombres a mi cargo.
Era común entre los poderosos insultar al Imam Ali, con el sea la Bendición y la Paz. Podían estar hablando de los temas más disímiles que siempre terminaban maldiciéndolo, y hasta componían poemas y canciones con calumnias de ese tipo, Allah los maldiga. Y si me lamento de haber estado presente en esas reuniones y de no haberles cortado la garganta a esos hombres con mi espada, agradezco a Allah que no haya salido jamás de mi boca insulto alguno al Imam, Allah lo bendiga, pues si lo hubiera hecho no estaría aquí, y si no lo hice no fue por conocimiento o sensatez, sino porque era el Imam muy querido por mi madre, y ella siempre pedía por él en sus oraciones, y como aún recordaba este gesto de ella, me sentía impedido a actuar como esos hombres ¡la Alabanza sea para Allah! Sin duda que El guía a quien El quiere.
Y así me convertí en uno de los hombres fuertes del ejército. Y eso me llevo a participar de ese bendito día, el día que cambio mi vida, y la vida de toda la humanidad. Comenzó todo con el pedido del Califa, ¡que hombre tan desagradable! ¡Si lo hubieras visto! Su cuerpo voluminoso, su vista perdida por los abusos, sus movimientos amanerados ¡y cuanta soberbia! ¡Cuánto mal trato a quienes lo atendían! Su nombre no merece ser nombrado en este lugar, pero sabes de quien hablo, ¡que mal destino tuvo! Y hete aquí que este hombre me pidió que me dirigiera a Kufa e interceptase la caravana del Imam Husain, del cual casi nada conocía, pero si sabía que era hijo de Ali y Fatima, y nieto del Profeta, y que era temido por los poderosos y el Califa, ya que el pueblo lo quería y veía en él un digno heredero de su abuelo, con ellos sea la Bendición y la Paz. No era yo en ese momento hombre religioso, como ya dije, solo hacía Salat en publico como una formalidad y festejaba el mes de Ramadán con banquetes donde abundaba lo prohibido ¡cuan Misericordioso es mi Señor al haber perdonado mis faltas! Pero sin embargo sentí en el momento de recibir la noticia, un nudo en mi estomago que duro días. Por más que intentaba convencerme, algo me decía que no era correcto ir con las armas contra ese hombre que llevaba la misma sangre que el Mensajero de Allah. Sin embargo todos me felicitaban y mis colegas me envidiaban, ya que decían que de esa manera entraría en la historia y mi posición sería aún mayor ¡cuan equivocados estaban! Solo consiguieron un lugar en el fuego quienes salieron junto a mí. Y así partí, ovacionado por estos hombres malignos, y consumido por una angustia interior que crecía día a día.
La primera noche que acampamos tuve un sueño sumamente extraño. Estaba en un jardín muy hermoso repleto de plantas y flores, y mi atención estaba fija en un girasol que se encontraba en la oscuridad, lánguido y marchito. De repente un rayo de sol vino del cielo, y el girasol se torno en busca de la luz, y cuando ésta se poso en él, rejuveneció y se revitalizó, y la luz se movió, y el girasol se movió siguiéndola, y así varias veces. En eso sentí la presencia de un hombre, y note que a mi lado estaba el jardinero, que miraba con amor su jardín. Y el jardinero me dijo “¡Que extraordinaria es ésta flor! Sabe reconocer lo que es bueno para ella, y se aparta de la oscuridad para dirigirse hacia la luz ¿tú serías capaz de hacer algo así?”
No era en sí un sueño extraordinario, pero hubo algo en él que hizo que no lo pudiese olvidar y durante el resto del día volvía a mí la sensación del sueño, una sensación de paz y sabiduría, y me invadía el anhelo de encontrarme en ese lugar, junto a ese sabio jardinero y simplemente escucharlo hablar.
Sin embargo la vida militar estaba lejos de parecerse a ese sueño. Llego el momento del encuentro con el Imam y sus hombres. Repartí mi ejercito a lo largo del terreno y desviamos al Imam hasta formar un cerco a su alrededor en Karbala. Mis hombres estaban contentos por el poco número de acompañantes que tenía el Imam. No solo eran pocos, sino que además la mayoría eran mujeres y niños de su familia. Seguramente se rendirían rápidamente, y sino, la contienda sería breve. ¡si supieran los hombres que se alegraban que la creación entera, toda la humanidad justa de todas las épocas, y los ángeles, estaba del lado del Imam en ese momento! Pero el ser humano es sin duda un necio.
En la segunda noche de campaña me encontré en el mismo sueño que en la anterior. Me hallaba en el hermoso jardín, atravesándolo junto al amable jardinero. Esta vez me señalaba un árbol y me preguntaba “¿cuál es la razón de que el árbol de frutos?” “para que sirvan de alimento” respondí. “Pero el árbol no se alimenta de sus propios frutos. Si no les sirven de alimento a él ¿para que los da?” medite sin hallar una respuesta para esta pregunta y luego el jardinero agrego “pues esa es su función, y si no hubiera frutos no habría árboles ¿tú serías capaz de cumplir tu función?”.
Durante el día me dedique junto a mis hombres a ver la reacción del Husain y su gente al descubrir que estaban rodeados. Sin embargo, y contra todo pronóstico, su reacción fue tranquila, como si esperará nuestro encuentro. Vimos desde lejos como el Imam acomodaba a su gente para pasar el sitio de la mejor manera, y luego él y quienes lo acompañaban se dedicaron a cumplir sus Salat e invocaron el nombre del Señor de los seres por largo tiempo, sin preocuparse por nada más. Realmente esta imagen trastorno mi corazón, ya que había conocido a muchos hombres valientes e incluso yo mismo no era de temer a la muerte, pero en estos hombres su falta de temor no era inconciencia como lo era en mí, sino que brillaba en sus ojos algo distinto, una certeza que nunca antes había visto. Mandamos a un hombre con un mensaje para el Imam, donde lo presionábamos a que diese su juramento al Califa, si él y su gente querían salvar la vida.
Esa noche me halle nuevamente en el jardín y vi en una pradera al jardinero jugando con dos niños pequeños. Me acerque y los salude, uno de los niños era llamativamente hermoso y me saludo con una gran sonrisa. Al ver al otro, sentí por él un amor inmenso. Primero me miro muy serio y luego sonrió levemente, y por un momento cambiamos de lugar, y fui yo el niño y él el adulto.
Al día siguiente fui en persona a buscar la respuesta del Imam y por primera vez nos vimos cara a cara. Impostando, puse mi voz grave, lo salude, bendije a su abuelo, con el sea la Bendición y la Paz, y hable sobre las muchas virtudes del Califa, pidiendo que inmediatamente le jurará fidelidad. Por supuesto que todo esto me había sido ordenado, palabra por palabra. Cuando termine el Imam me miro a los ojos y me sentí como un niño al cual su padre lo esta por retar. Me dijo “¿Cómo puedes pedirme que testimonie algo en lo que tu tampoco crees?”. Según lo que se me había enseñado, debí responder enojado ante semejante ofensa de que alguien dudara de mi fidelidad al Califa, pero ni una palabra salió de mi boca. Yo sabía que lo que había dicho era verdad. Ante mi silencio el Imam me miro muy serio y luego sonrió levemente. Sin más y aturdido por la presencia de este hombre, di media vuelta y volvimos a mi campamento.
Mis hombres empezaron a notar que el encuentro con el Imam me había afectado, ya que marchaba por el campamento nervioso. Como militar tuve que ordenar que cortaran el acceso al agua del Imam y su gente, y aunque había hecho esto mismo en muchas ocasiones anteriores, esta vez me producía un dolor inmenso, y sentía mi pecho como estrangulado, y como si todo el mundo se viniera sobre mi cabeza. Venían a mi mente la imagen de esos niños y de esas mujeres sin agua y sufría por ellos ¿pero por qué tenía que preocuparme por quienes no tenían ningún lazo de parentesco conmigo?
Esa noche volví al Jardín y vi a una hermosa mujer que consolaba a otra que lloraba sobre su regazo. Y cuando la que lloraba levantó su cabeza pude ver que era mi madre. ¡Cuanta alegría de poder ver su rostro nuevamente! Me abalancé sobre ella y besé sus pies y manos, pero ella, para mi horror, me apartó con fuerza, sin permitirme que me acercase. Dije “¡madre! ¡Por favor se tierno conmigo, que te he extrañado!” y ella respondió “¡cómo puedo ser tierna contigo cuando dejas sin agua a los niños de mi Señora!”. “¿y quién es tu señora?” dije. “¿Es que acaso no te has dado cuenta? ¿tan ciego estas hijo mío?”. Y entonces al ver a la mujer que ofrecía su hombro para que mi madre llorase, me di cuenta que era Fátima la Radiante y volví mi rostro a donde se encontraba el jardinero y tuve conocimiento de que era el Imam Ali y el niño hermoso que lo acompañaba no era otro que su hijo Hasan, y el otro niño, aquel que tanto amor provocaba en mi corazón, no era otro que el Imam Husain, el mismo al que yo tenía intención de matar.
Me desperté empapado en mi propio sudor. Salí a medio vestir y deambulé por el campamento como un loco. Esa tarde mis hombres intentaron animarme preparando carnes y cantando canciones, pero uno de ellos tuvo la desgraciada idea de entonar una coplas con insultos sobre el Imam Ali y sus hijos. No era muy distinta que otras que tantas veces había escuchado, pero esta vez, sin casi ser conciente de lo que hacía, mi mano tomó mi espada y fue derecho hacia la garganta de este soldado ignorante, y me detuve justo a tiempo antes de acabar con su vida. El silencio reinó en el campamento y los soldados allí reunidos miraban atónitos sin dar crédito a lo que sus ojos testimoniaban. ¡Su comandante se había vuelto loco! ¡peor aún, había defendido al Imam Ali!. Me alejé de ellos retirándome en soledad.
Esa noche no tuve ningún sueño ya que no pude dormir. Me dediqué a observar los movimientos del Husein y sus seguidores a la distancia. ¿Que era lo que ese hombre provocaba en mí? ¿Qué me impedía tomarlo por enemigo? Y al mismo tiempo me preguntaba ¿debía ser fiel al Califa, sabiendo que era un hombre perverso y maligno? ¿Hasta dónde llegaba mi deseo de poder? ¿Debía dedicarme a forjar mi propia suerte, cerrando los ojos a las constantes injusticias que cometían los hombres por los que yo daba la vida? Sentía que era demasiada la presión para un hombre simple como yo, y esa noche, en lo más oscuro de ella, hice una oración en soledad, como desde niño no hacía, y rogué al Señor de los seres con toda la fuerza que había en mi corazón, y las lagrimas cayeron de mis ojos, y le pedí que me diera guía y que me librase de actuar equivocadamente.
Al día siguiente llegó un mensajero con la orden del Califa: debido a que Husain Ibn Ali se negaba a dar su juramento de fidelidad al Califa, se me ordenaba como comandante del ejército, atacarlo y matarlo junto a quien con él estuviera, incluido los niños y las mujeres que no se entregaran.
Inmediatamente fui a ver al Imam, pero estaba vez fui solo y le hablé con sinceridad y sin poses. Lo encontré sentado sobre una roca, rodeado por hombres y mujeres que le escuchaban atentamente, en su mano tenía un Corán y estaba explicando un versículo del Libro. Me hizo un gesto de que lo esperase y concluyó tranquilamente sus palabras antes de venir a mi encuentro. Cuando lo tuve frente a mi, dije “debe saber que se me ha dado la orden de ajusticiarlo junto a sus acompañantes y esto es contrario a mi corazón, le pido con toda mi alma que preste su juramento, luego podrá retractarse y explicar que solo lo hizo para salvar su vida.” El Imam me miró con tristeza y respondió “¿acaso te ha llegado noticia de que mi abuelo se haya postrado ante los ídolos para salvar su vida? ¿o que se haya hecho judío para no ser atacado por estos? ¿o cristiano para así conseguir de ellos protección? No me pidas lo que no es posible para mí.” Desesperado ante lo que se evidenciaba inevitable argumente “hágalo entonces por quienes lo siguen”. El Imam se dirigió a quienes se encontraban a su alrededor diciéndoles : “Doy libertad para que el que así lo quiera juré fidelidad al Califa y salve su vida, y los entenderé y no serán por esto menos queridos para mí.” Pero todos respondieron “¡jamás nos pondremos del lado de los opresores!, somos temerosos de nuestro Señor”. Volví a mi campamento con tristeza pero también con admiración por esos hombres y mujeres que eran capaces de ofrecer sus vidas antes de sumarse a la impiedad. ¿Por qué el mundo no estaba en manos de gente como ellos y no en poder de avariciosos que querían para sí todo y para el resto la pobreza y las migajas de lo que ellos dejaban? Quizás las cosas eran así por la gran mayoría de hombres como yo, demasiado cobardes para reaccionar contra la injusticia.
Esa noche volví a soñar con el jardín. Al principio me encontraba solo, sentado sobre el césped, rodeado de flores y bajo un cielo azul profundo. En eso aparecía el jardinero, que ahora sabía que era el Imam Ali, y se sentaba a mi lado. De repente me daba cuenta que me había puesto a llorar sin notarlo, y el Imam secaba las lagrimas de mis ojos con su mano. Yo lo miraba a los ojos y le decía “tengo miedo” y él me respondía “¡Al Hurr! Decidas lo que decidas, ten siempre en claro que eres una buen hombre, rechaza a los que te quieren convencer de lo contrario porque la Realidad es esta: Tu, Al-Hurr, eres un buen hombre.”
Esa misma noche abandoné la comandancia de mi ejercito. Sin dudarlo, junté mis cosas y una cuantas armas, y me dirigí hacia el campamento del Imam Husain. Estaba cansado de actuar como un cobarde, y quería actuar como un hombre aunque fuese una vez en la vida. Cuando llegué se me indicó una carpa en donde se encontraba el Imam. Me dirigí a ella y cuando entré, para mi asombro, encontré un bello jardín, tan hermoso como el de mis sueños, y vi al Imam Husein sentado bajo la sombra de un impactante árbol de enormes raíces, y las ramas de este árbol se alzaban al cielo, y los pájaros verdes y blancos volaban a su alrededor, y un arroyo de agua cristalina corría bajo los pies del Imam. Caí de rodillas maravillado, sin poder alzar mi vista ante tal espectáculo, y dije “!Oh señor mío! ¡Por favor acéptame entre tus seguidores e intercede por mi ante Allah Ta´ala para que perdone mis faltas!” me respondió el Imam “¡Al-Hurr! Tu madre te ha llamado “el libre” y sin duda eres libre”. Luego extendió su mano y yo la besé, y le di mi fidelidad como mi maestro, mi Califa y mi guía. Luego me aconsejó que fuese a descansar y abandoné la carpa saludándolo afectuosamente. Pero apenas salí de ese lugar, Satanás el Maldito quiso tentarme y me susurró que había caído victima de un embrujo, y que si volvía a entrar en la carpa testimoniaría el engaño. Y entonces entre repentinamente en lo del Imam, sin anunciarme, y no encontré la maravillosa visión que minutos antes había presenciado, sino que me encontré en un muy humilde carpa, sin ninguna comunidad, y al Imam sentado en la tierra, y entonces dije: “¿ donde están las maravillas que antes contemplé? ¿acaso me has engañado con una ilusión?” a lo que el Imam me respondió “nada ha cambiado en este lugar desde que has salido, pero quizás algo ha cambiado en tu corazón”. Y reconocí en sus palabras la verdad y caí nuevamente postrado y le di nuevamente mi fidelidad, y el Imam me dijo “¡descansa Al-Hurr! Has dado dos testimonios, y este es más valioso que el primero.” Y nuevamente la carpa volvió a transformarse en el lugar paradisíaco.
Esa noche volví a soñar con el jardín. Y estaba el Imam Ali, y Fátima, y Al-Hasan y Al-Husain. Y también estaba mi madre, quien reía dichosa, mientras me besaba y abrazaba. Y juntos comimos una deliciosa comida, y el Imam Ali sonrió y apoyo su mano en mi hombro con cariño. Y fue ese el sueño más feliz que tuve en mi vida.
Durante el día me dediqué a preparar a los hombres del Imam para el encuentro. A la tarde vimos que un grupo de hombres se acercaba a nosotros. Nos preparamos para luchar pero para nuestra alegría, se trataba de seis hombres de los que antes luchaban conmigo que, al enterarse de mi decisión, habían encontrado en sí mismos el mismo impulso y habían venido a ofrecer sus vidas junto a las nuestras. ¡la Alabanza sea para Allah, quien ha dispuesto creyentes firmes en todas las épocas y en todos los lugares!
Esa noche el Imam nos juntó a todos y disertó para nosotros. No podría repetir ni una de sus palabras sin ser injusto con ellas, pero puedo decir que mis oídos fueron deleitados con la más fina de las músicas, la de la sabiduría, y las horas pasaron mientras todos nosotros escuchábamos fascinados como niños, y hubiese querido que esa noche no terminase jamás.
Al día siguiente comenzó el ataque. Los hombres hicimos un cerco alrededor del Imam, y vimos como el enorme ejército de más de 6.000 hombres que antes respondía a mis órdenes se aproximaba a nosotros, que no llegábamos a cien. Sin embargo, cuando la batalla estaba a minutos de comenzar, algo se abrió en mis ojos, y pude contemplar que estábamos rodeados por un ejercito de ángeles de número superior al millón. Me dirigí a Al-Husain diciendo “¡Esta es una ayuda extraordinaria de Allah Ta´ala, que quiere vernos vencedores!”pero el Imam me corrigió diciéndome “ estos que tu ves no van a luchar, nuestro Señor los ha mandado como testigos, para que confirmen la grandeza de este día, pero en algo tienes razón al-Hurr: sin duda seremos los vencedores”.
Y cuando llegó el momento de combatir, una fuerza inmensa se apodero de mí, y combatí como nunca antes lo había hecho, y a cada golpe que daba, los hombres caían a mi alrededor, y mi fuerza era superior a sesenta de ellos o más. Y vi al Imam Ali combatiendo a mi lado, con una fuerza extraordinaria, y con él, ángeles y seres maravillosos. Y la sangre corría por mi cuerpo debido a las heridas, pero no sentía dolor alguno, al contrario, me invadía el jubilo y la Paz.
Y en un momento las heridas fueron tantas que mi cuerpo cayó al suelo, aunque mi espíritu aún tenía fuerzas. Y el Imam tomó mi cabeza con sus manos y la apoyó en su pecho, y supe que la muerte estaba cerca y no quise mirarlo a los ojos, avergonzado por los muchos errores cometidos en mi vida, y por haber tenido una mala intención contra aquel hombre que representaba todo lo bueno que había conocido en el mundo. Pero el Imam me dijo “No temas Al-Hurr y no me mires a mí, pero mira quien ha venido a tu encuentro”. Y alcé mi rostro y todo a mi alrededor había desaparecido, no había ya hombres combatiendo, solo nos encontrábamos el Imam y yo, y a lo lejos, un hombre venía caminando hacia nosotros. ¡Era el Mensajero de Allah Muhammad! Volví a esconder mi rostro en el pecho del Imam y le dije “¡Oh! ¡Guía! Se acerca mi muerte y tengo miedo, pues no soy digno de la presencia del Profeta, ¿cómo puedo ser digno de su intercesión? ¿Cómo puedo presentarme ante él sin Salat? ¿Cómo puedo presentarme ante él sin ayunos? ¿Cómo puedo presentarme ante él sin saber nada del Libro? ¿Cómo puedo presentarme ante él con todas las faltas que he cometido? ¡Oh, guía! Solamente una cosa tengo que me enorgullece y es haberte conocido a ti, y solamente un día en mi vida ha tenido sentido, y ese día es éste, y los demás pueden ser borrados porque no hay en ellos más que ignorancia y descuido, y desgracia para mí, y no tengo otra patria que ésta de Karbala, y no he tenido otra posesión más que este abrazo que tú me estás dando, y si hubo algo bueno en mí, tu lo has descubierto y has dado Realidad a una vida que ha sido vana. ¿Cómo puedo entonces, presentarme a la más digna de las criaturas cuando en toda mi vida solo un día he estado en el bien y todo el resto del tiempo he estado en el error?” y el Imam me respondió “¡Al-Hurr! No hubo para ti otro día que este día, y no hubo para ti otra acción que la que hoy realizaste, y no has seguido otra guía que la que yo te he ofrecido, y has nacido en Karbala y abandonas este mundo en Karbala, y te presentas ante el Profeta siendo amado por mí y siendo amado por él, y te espera de parte de Allah Ta´ala una recompensa extraordinaria ya que eres de Sus siervos creyentes, aquellos que dan testimonio de que no hay divino sino El con sus vidas. Muchos son los hombres que gustarían presentarse a la muerte como tu te presentas.”
Y abrí los ojos y Muhammad, con el sea la Bendición y la Paz, estaba frente a mí y me ofreció su mano y yo la tomé como un niño pequeño. Y la última imagen que vi antes de abandonar el mundo, fue la del Imam Al-Husain con una espada en su mano y el Corán en la otra, luchando con fuerzas, y vi cuando las armas atravesaron su cuerpo, y sus ojos se posaron en los míos y me sonrió, y aunque sus labios no se movieron, lo escuché decir: “!Al-Hurr! ¡Sin duda hoy hemos sido los vencedores!”
Esta es mi historia. Y doy testimonio de que la recompensa de Allah Ta´ala es excelentísima, por encima de toda medida, y que el Señor de los seres es Misericordiosisimo y perdona al hombre de todas sus faltas. ¡Glorificado sea Allah! ¡y su Bendición sea con los mártires de todas las épocas y todos los lugares!”

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