En el umbral de la muerte

Cada cosa que decimos sobre la muerte nos resulta difícil de imaginar, preferiríamos no hablar de ella y olvidarla, pensar que este mundo es eterno y que en él no hay agonía. Nos invade la tristeza, el desconsuelo, cada vez que escuchamos hablar de la muerte. La muerte es una realidad que se debe enfrentar. Así como el que tiene un problema no lo podrá resolver mientras escape de ese problema, mientras no se enfrente a él y trate de superarlo, y solo entonces podrá entenderlo y realizar la fuerza necesaria para superarlo, del mismo modo nos sucede con la muerte. Por otra parte, si nosotros pensáramos que la muerte es una ilusión, que no existe estaríamos mintiendo manifiestamente porque la muerte, al menos en el plano físico, existe, nosotros vemos morir a la gente. Entonces, así como cualquier otra cuestión de nuestras vidas, debemos plantearnos algo acerca de ello.

Todas las religiones afirman que la muerte nos presenta la idea de trascendencia, la idea de algo que va más allá de este mundo. La religión piensa así el problema: “¿De dónde venimos?; si un Creador nos hizo, por lo tanto, Él mismo nos asegura un mundo más allá de este mundo”. Y afirman que si el nacimiento tuviese algún significado como en realidad lo tiene, y lo tuviese también la existencia en este mundo, debería haber un más allá donde ese significado perdurase, pues de lo contrario nada tendría sentido, ninguna cosa debería existir, ni la muerte misma tendría significado.

Además, por lo general todas las religiones hablan sobre el momento en que uno muere, sobre la agonía y el paso de la vida hacia el más allá, y de la existencia de determinados seres (los ángeles o el ángel de la muerte) que cumplen la función de extraer nuestras almas. Al respecto, tenemos pruebas de ciertas experiencias finales, contadas por los retornados a este mundo después de una breve agonía, que narran que han pasado por un túnel a un lugar extraño, que a veces describen como lleno de luz, otras veces oscuro. Y algunos contaron que se sentían planear por encima de su cuerpo y que contemplaban a los que estaban alrededor de su lecho sin entender por qué estaban angustiados, cuando ellos se sentían tan bien. También se cuenta que en el momento de la agonía el ser humano ve su vida entera, de un solo golpe, como una película reproducida en alta velocidad. Por último, todas las religiones tienen ritos para los muertos que benefician a éstos. Por ejemplo, el lavado y ungimiento del cadáver entre los musulmanes y los judíos.

La ciencia no se ocupa del tema de la muerte, excepto la psiquiatría en función de la asistencia a enfermos terminales o la antropología al comparar las creencias de diferentes culturas o civilizaciones. No obstante, debemos mencionar el extraordinario trabajo de la Dra. Elisabeth Kübler-Ross y sus estudios sobre la vida después de la muerte o en el “más allá”. A partir de la recopilación de miles de casos de pacientes con muerte clínica que vivieron experiencias extracorporales y luego volvieron a la vida, Kübler-Ross llegó a la conclusión de que la muerte no es más que un nuevo comienzo.

Kübler-Ross se dedicaba a acompañar enfermos terminales en distintos hospitales de Estados Unidos cuando trató por primera vez a una paciente que vivó la experiencia del umbral de la muerte. Se trataba de la señora Schwartz, que llegó a un hospital local de Indiana con un estado de salud extremadamente delicado. Al poco tiempo de estar internada, dejó de tener signos vitales. “La señora Schwartz se vio deslizarse lenta y tranquilamente fuera de su cuerpo físico y luego flotó a una cierta distancia por encima de su cama. Nos contaba, con humor, cómo desde allí miraba su cuerpo extendido, que le parecía pálido y feo. Se encontraba extrañada y sorprendida, pero no asustada ni espantada. Nos contó cómo vio llegar al equipo de reanimación y nos explicó con detalle quién llegó primero y quién último. No solo escuchó claramente cada palabra de la conversación, sino que pudo leer igualmente los pensamientos de cada uno. Tenía ganas de interpelarlos para decirles que no se dieran prisa, puesto que se encontraba bien, pero cuanto más se esforzaba en explicarles más la atendían solícitamente, hasta que comprendió que los demás no la oían. Decidió entonces detener sus esfuerzos y perdió su conciencia, como nos dijo textualmente. Fue declarada muerta cuarenta y cinco minutos después de empezar la reanimación y dio signos de vida después, viviendo todavía un año y medio más”, detalló la médica psiquiatra en una de sus conferencias sobre el tema, hoy recopiladas en el libro La muerte: un amanecer (1984).

Desde entonces, la especialista y su equipo se dedicaron a reunir experiencias extracorporales de pacientes con muerte clínica que volvieron a la vida en Estados Unidos, Canadá, Australia y algunos otros países. La persona más joven tenía dos años y la mayor, 97. Recabaron casos de personas de diferentes orígenes culturales -hasta esquimales y aborígenes de Australia- así como también de diferentes creencias religiosas: hindúes, budistas, musulmanes, cristianos, e incluso también a agnósticos y ateos. “Era importante poder hacer el recuento de los casos en ámbitos religiosos y culturales tan diferentes como fuese posible, con el fin de estar bien seguros de que los resultados de nuestras investigaciones no fuesen rechazadas por falta de argumentos”, explicó años más tarde.

En varias ocasiones, tanto en notas periodísticas como en seminarios y en conferencias, Kübler-Ross ha mencionado a una paciente en particular, que sentó un precedente en sus investigaciones sobre la vida después de la muerte. “Tuvimos el caso de una niña de doce años que estuvo clínicamente muerta. Independientemente del esplendor magnífico y de la luminosidad extraordinaria que fueron descritos por la mayoría de los sobrevivientes, lo que este caso tiene de particular es que ella relató que su hermano estaba a su lado y la había abrazado con amor y ternura. Después de haber contado todo esto a su padre, ella le dijo: ‘Lo único que no comprendo de todo esto es que en realidad yo no tengo un hermano’. Su padre se puso a llorar y le contó que, en efecto, ella había tenido un hermano del que nadie le había hablado hasta ahora, que había muerto tres meses antes de su nacimiento”.

“Los ciegos pueden ver, los sordos o los mudos oyen y hablan otra vez. Una de mis enfermas, que tenía esclerosis en placas, dificultades para hablar y que solo podía desplazarse utilizando una silla de ruedas, lo primero que me dijo al volver de una experiencia en el umbral de la muerte fue: «Doctora Ross, ¡Yo podía bailar de nuevo!». Las niñas que a consecuencia de una quimioterapia han perdido el pelo, me han dicho después de una experiencia semejante: «Tenía de nuevo mis rizos’, detalló la psiquiatra

Muchos de sus colegas la han cuestionado, argumentando que lo que ven los enfermos terminales en estas circunstancias no son más que proyecciones de deseo creadas por su inconsciente. Pero ella les respondió con más ejemplos, casos de personas ciegas que no tenían percepción luminosa desde hacía al menos diez años cuando tuvieron una experiencia extracorporal. “Estos ciegos pueden decirnos con detalle los colores y las joyas que llevaban los que los rodeaban en aquel momento, así como el detalle del dibujo de sus jerséis o corbatas. Es obvio que en estos casos no puede tratarse de visiones”, afirmó en una conferencia.

“Una vez, un niño que había tenido un accidente de auto con la familia me dijo: ‘Todo está bien, mi mamá y Peter me están esperando’. Yo sabía que su madre había muerto. A Peter, su hermano, lo habían enviado a otro hospital, de quemados. Era la primera vez que un chico en esas circunstancias mencionaba a alguien que no había muerto. Pero como soy investigadora, tomé nota, aunque lo que decía contradecía mi teoría. Cuando salí de la habitación y pasé por cuidados intensivos, me informaron que tenía una llamada del hospital de quemados. Peter había fallecido hace 10 minutos”, relató la psiquiatra en Buenos Aires (1991) durante una entrevista con el diario La Capital, minutos después de su conferencia en el aula magna de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires (UBA).

Voy a agregar tres testimonios de personas allegadas, en relación a lo que enseñan algunas religiones y lo presentado por la Dra. Elisabeth Kübler-Ross:

Postrado en la cama, por un cáncer incurable, un joven le dijo a su padre, vi cómo te golpeaste el pie con el bidet en el baño porque saltaste un charquito que había cerca”. Ante la sorpresa del padre el joven agregó: “Vi también en la esquina de la manzana, donde hay un baldío, a un mendigo.” Eran acontecimientos reales, pero ¿Cómo pudo observar ello cuando no podía caminar ni salir de su cuarto? Cuando consultamos el significado de este hecho a nuestro maestro, el Sheij Alí Al-Husainí, nos dijo que faltaba poco para la muerte del joven, que su alma estaba experimentando el abandono de su cuerpo físico. A los pocos días, lamentablemente para todos los que lo amábamos, el joven falleció. Me relató su madre que, a los meses del fallecimiento, fue a consultar a un vidente, que les dijo que su hijo le había dicho a él que estaba preocupado por su mamá y que había dejado un CD grabado con música para que escuchen y estén más tranquilos, que él estaba bien, que lo dejó en una repisa del comedor de casa. Cuando volvió a su casa encontró el CD en el lugar que su hijo le había indicado al vidente.

Un amigo, desconectado del respirador, luego de 72 horas de agonía, sobrevivió a un terrible accidente. Aunque no pudo precisarme el día o la hora recuerda vívidamente como se sintió por encima de su cuerpo inerte, en una sala de terapia intensiva, y como vio en detalle lo que pasaba en el lugar, incluso una tijera sobre una repisa elevada, imposible de ver estando postrado en la cama. Asimismo, recordó y vio en segundos escenas de su vida pasada. En otro momento sintió que se encontraba avanzando en un camino de tierra entre dos alambrados en cuyos costados flameaban por el viento espigas de trigo, doradas por el sol. En ese andar ve a su izquierda a una mujer con cabellos rubios rizados, cuyo vestido reconoció de inmediato, era su esposa fallecida hacía tiempo. La llamó, pero no se dio vuelta hacia él. En medio de paisaje tan bello y no sintiendo ninguno de los dolores corporales que estaba sufriendo en la internación pensó para sí: “Es un buen momento”.  Luego, a la izquierda del camino reconoció a su hermana muerta, que juntaba hongos o frutos del piso y los cargaba en la canasta negra de una bicicleta de color morada. La llamó por su nombre, pero no le respondía, entonces le gritó al punto de que ella levantó su mirada y le dijo “Volvé al lugar de donde sos”, de inmediato se encontró colgándose de un pasamano de plástico blanco como el de las líneas de subterráneo de Buenos Aires y frente a él apareció la imagen de su querido hijo. Ya restablecido fue a visitar a la hija de su ex esposa y le contó la visión, pero lo que no le cerraba era que él la conoció con el pelo rubio y lacio y no con el cabello rizado. La señorita, sorprendida, fue a un cuarto de la casa y volvió con una fotografía de su madre a los 25 años, tal cual se le presentó en la visión a nuestro amigo. Un tiempo después visitó a su sobrina, le contó su experiencia cuando vio a su madre muerta con una bicicleta morada, lo que le resultaba extraño porque él tenía recuerdos de una bicicleta de marca “Olmo” de color claro que habían traído de Italia, bastó ese comentario para que la hija de la difunta lo condujera a un cuarto donde guardaban una bicicleta morada con canasto negro regalada por su marido a su hermana una semana antes de su muerte y que nunca pudo llegar a usarla.

En el siguiente caso, la percepción no fue del moribundo: Un amigo trabó relación de amistad con un matrimonio del lugar. El esposo venía padeciendo una enfermedad degenerativa, esclerosis múltiple, y terminó sus días internado y sin conciencia en el Hospital Ramon Carrillo de San Martín de los Andes. Mi amigo tuvo un sueño donde veía al hombre en un lugar verde, muy hermoso, cruzado por un río. Él se encontraba en la otra orilla y se movía normalmente, como antes de la enfermedad. Lo saludó con el saludo de la paz, as salam aleikum, pero al hombre no le salían las palabras para responder. Cuando consultó el sueño con el Sheij Alí Al-Husainí , este le explicó que el árabe es el idioma del paraíso, como el hombre no lo conocía no pudo responder a su saludo. Y que no hubiera podido cruzar el río porque solo el hombre estaba en tránsito a la muerte, que su alma ya estaba en ese nuevo estado. El maestro le indicó finalmente que debía ir a verlo y saludarlo. Así lo hizo, fue a visitarlo en el hospital, dónde se encontraba ya en muy mal estado, le recitó el adhán (el llamado a la oración) en el oído derecho y el iqama (el preámbulo del rezo) en el izquierdo, para que los conozca. Cuando le contó el sueño a la esposa, que esperaba en el pasillo, ella empezó a llorar y a agradecerle. La descripción del lugar que había visto era la del sitio en el que habían decidido tirar las cenizas del hombre.

Dice el Sagrado Corán: Allah extrae las almas de sus cuerpos cuando estas mueren, y aquellas que no mueren las extrae durante el sueño, pero retiene aquella a la cual se le ha determinado la muerte, y libra a la otra hasta un plazo determinado. En esto hay signos para la gente que medita (39:42)

En cierta ocasión un Sheij fue llevado a la sepultura. Estaba inerme y quienes lo rodeaban vieron que había perdido todo movimiento y había quedado muerto. Lo amortajaron, le cerraron los ojos, echaron perfumes, lo pusieron sobre una estera para llevarlo y cuando lo estaban trasladando para purificar el cuerpo (lavarlo) empezó a moverse y todos exclamaron “¡Subhanna Allah!” Y el sheij respondió: “En realidad estuve muerto y vi como fui llevado hacia mi tumba. Entonces vino hacia mí un hombre de bello rostro (es decir sus buenas acciones) y un exquisito aroma y me puso en la tumba y la igualó con papeles encima de mí. Pero en ese momento vino una mujer negra de olor hediondo (sus malas acciones) y gritó: “¡Este hizo tal y tal cosa!” y yo tuve en ese momento gran vergüenza de lo que estaba diciendo… Fuimos llevados a una casa amplia y extensa, donde había una banca como si fuera de plata. En un costado de la casa había una mezquita y en ella un hombre que estaba de pie rezando, recitando la sura de la abeja (16 del Sagrado Corán). En un momento vaciló en un pasaje de la sura, y no sabía cómo seguir, o lo dijo mal. Entonces le mostré como seguía, o como debía decirse y él cesó de rezar y me preguntó: “¿Entonces conoces esta sura?. Le contesté que sí y dijo: “Por cierto que ella es lo mejor de lo bueno”… Entonces el hombre que había estado rezando exclamó: “Es un siervo injusto con su propia alma, pero Allah lo ha perdonado, sin embargo, todavía no ha llegado su término de vida. El término (o el fin) de éste es el día lunes, esto habrá sido nada más que un delirio de la enfermedad”. El que narra la historia siguió contando: “El día lunes se puso mucho mejor hasta después de la tarde, entonces vino su fin y murió”.

Como seres humanos podemos experimentar cuatro cosas en nuestra existencia: Primero, un comienzo por el cual surgimos o nacemos. Segundo, apenas nacemos, una sucesión de estados cambiantes de todo tipo, cambios corporales (crecemos), cambios psíquicos (nos completamos psíquicamente), cambios temporales (nos va pasando el tiempo, nos vamos acercando a nuestro fin ya desde el comienzo), cambios ambientales (continuamente lo que nos rodea está cambiando). Tercero, percibimos en nosotros, en nuestra existencia, una declinación permanente después de haber llegado al desarrollo físico pleno, más allá de los treinta, y después de haber llegado a cierto desarrollo psíquico, alrededor de los cuarenta, y por fin la muerte.

Decimos que en nuestra existencia todo es cambio, pero algo debe subsistir durante los cambios. Por ejemplo, donde hay brisas, vientos, corrientes, correntadas, tormentas, huracanes, etc. debe haber algo que permite que todo eso se produzca, y eso que lo permite es el aire. Por lo tanto, algo subsiste a pesar de todos los cambios, y eso es lo que nos da una idea de que la muerte no es un término definitivo, es solamente un cambio de estado más entre los muchos cambios que se producen en nuestra existencia. La vida, en realidad es lo que permite la existencia de la muerte. La vida contiene a la muerte, pero ésta no contiene a la vida. Es decir, la vida es más amplia, más importante, y una realidad más grande que la muerte. Ella perdura más allá de la muerte, ésta no puede vencerla, sino que la vida vence a la muerte. Un ejemplo de esto es que Dios, Allah, se llama a Sí Mismo Al-Haii, el Viviente, pero no se le puede atribuir en absoluto nunca una idea de muerte.

Algunos de los sabios del pasado dicen que los parientes de uno lo reciben en la tumba como se recibe al que estaba de viaje, pero con mucho más júbilo, y le hacen ciertas preguntas. Con lo cual se da a entender que la muerte es un cambio de estado, pero que la memoria de este mundo, de las relaciones que el muerto mantuvo en este mundo, de ciertas inquietudes o preocupaciones por gente querida, todavía subsiste en la tumba. Por lo tanto, no es un cambio que borre todas las cosas anteriores, sino que se trata de un cambio de estado por el cual el hombre continúa con su individualidad, con su interés respecto de los seres queridos, por lo menos, no por los males y desgracias del mundo, que ya para él cesan en absoluto.

Hay una historia sobre un hombre que vio en sueños a dos mujeres y les preguntó por su esposa, que había muerto hacía poco, por qué no la podía ver en sueños. Le respondieron “porque tiene vergüenza de presentarse como está amortajada”. Fue a contarle esto al Profeta Muhammad (BPDyC) y le aconsejó: “Mira a alguien digno de confianza que esté por morir” (se interpreta dale una mortaja nueva para tu esposa).- Entonces fue a ver a uno de los ansar que estaba por morirse y éste le contestó: ” Si alguien puede comunicarse con los otros muertos, yo podré hacerlo” Entonces vino el hombre con dos mortajas impregnadas con esencia de azafrán, y las puso junto con la mortaja del que estaba por morir. Y una noche, después de haberse muerto este último, el esposo vio a su esposa con las otras dos que había visto antes en el sueño y tenía la misma vestimenta que él le había puesto con la mortaja del muerto.

A modo de conclusión, nos permitiremos hacer algunas observaciones: No hay contradicción entre los registros científicos de la Dra. Elisabeth Kübler-Ross, las enseñanzas religiosas y los testimonios personales de gente cercana que tanto uno mismo como los lectores eventuales pueden citar al respecto.

La muerte física en este plano espacio temporal es evidente, la subsistencia del alma y la vida imaginal en otro plano puede ser discutida por los escépticos, pero esa postura sería una cuestión meramente subjetiva.

Cómo funciona ese plano; cómo resultó posible que miles de personas pudieron conectarse con ese mundo espiritual temporalmente y retornaron luego a la experiencia ordinaria; por qué aparecen objetos personales en las visiones como si las cosas materiales tuvieran un duplicado en el mundo psíquico, en el mundo sutil, no pretendemos explicarlo racionalmente ni convencer a nadie de ello.

Si podemos, en cambio, obsequiarle una esperanza a los que sobreviven a sus seres queridos, a todos los que perdieron hijos, padres, hermanos, a toda la gente que hoy en día ve morir a sus amados en las guerras. Tal vez podamos reencontrarnos con ellos en un futuro, y parece ser que habitan ese plano con sus cuerpos jóvenes perfectos, inclusive los que en este mundo nacieron con malformaciones genéticas.

PD: Agradecemos a las personas que nos permitieron publicar sus testimonios tal como quedaron grabados en sus corazones.

© Textos del Sheij Alí Al-Husainí recopilados por Aiman Fradkin y Hasan Gomez, editados por Bashir Gomez

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