Jesús no fue crucificado – Quinta parte

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Hechos extraños y enigmáticos

Algo muy extraño que sucede en el transcurso del juicio, antes de la crucifixión, son las tres negaciones de Pedro. Como sabemos, éste es el sucesor de Jesús en la sabiduría y en la conducción de su comunidad, porque todo Profeta de alta categoría deja un sucesor con esas características. “Jesús le dijo: «Yo te aseguro: esta misma noche, antes que el gallo cante, me habrás negado tres veces»” (Mt. 26:34; ídem con una pequeña variante en Mr. 14:30) Unánimemente se interpreta esto como que Pedro, por miedo, iba a mentir y a traicionar a Jesús. Pero una negación no equivale necesariamente a una mentira, como todos sabemos, puede ser también sobre algo verdadero, o bien una equivocación. Fuera de estas tres posibilidades para las negaciones normales de la gente (verdad, mentira, equivocación) no existen otras. ¿A cuál de las tres se refería Jesús al decir aquello a Pedro?

         La clave está en la expresión “antes de que cante el gallo”, que no tendría sentido en la frase si es que no tuviera un significado más profundo. Podría haber dicho, en lugar de que cante el gallo, “antes de la crucifixión”, que era lo más lógico, o “antes de que amanezca”, o “antes de que ladren los perros”. ¿Por qué dijo, entonces, “antes de que cante el gallo”?

         Quizás pocos sepan que en la tradición sagrada el canto del gallo equivale a la glorificación de Dios. Esto es muy importante, porque sobre la base de ello sabemos que Jesús no diría algo como esto: “Tú mentirás tres veces, y después el gallo glorificará a Dios”, porque la mentira no armoniza con la glorificación a Dios. Esta es una idea repulsiva para la comprensión de lo sagrado. Pero he aquí que dice en los evangelios: “Una criada, al verle sentado junto a la lumbre [que los guardias habían encendido en el atrio del Templo para calentarse], se le quedó mirando y dijo: «Este también estaba con él [con Jesús]» Pero él lo negó: «¡Mujer, no le conozco!» Poco después, otro, viéndole, dijo: «Tú también eres uno de ellos» Pedro dijo: «¡Hombre, no lo soy!» Pasada como una hora, otro aseguraba: «Cierto que éste también estaba con él, pues además es galileo» Le dijo Pedro: «¡Hombre, no sé de qué hablas!» Y en aquel momento, estando aun hablando, cantó un gallo” (Lc. 22: 56-60) La significación simbólica del canto del gallo después de las tres negativas de Pedro significa que el secreto quedó sellado, la puerta quedó cerrada, hasta que el Sagrado Corán la volviera a abrir, y así se conociera la verdad de aquellos sucesos tan enigmáticos.

         Pero ¿qué podemos decir de un Pedro mostrado como mentiroso y cobarde que se pasa horas en el Templo junto a un Jesús que es denigrado, humillado, insultado, golpeado, y él, Pedro, no reacciona, nada dice? ¿Es el mismo Pedro que había sacado la espada en el monte para defender a Jesús? Es evidente que Pedro sabía algo más sobre lo que estaba pasando, y que sus negaciones no eran mentiras, sino verdad. Aquel que era juzgado y crucificado no era Jesús realmente, y por eso él niega al crucificado.

Secretos de la crucifixión

El sacrificio que asume Judas se justifica porque era el más débil de los discípulos, y por ese acto llega a un elevadísimo nivel, como ostentaban el resto de los discípulos. Pero ¿cuál fue la necesidad de que alguien fuera crucificado? El sentido de esto es que los judíos decidieron matar al Mesías, el más grande de sus Profetas después de Moisés, y el más ansiosamente esperado, y así condenarse a sí mismos. Sin embargo, el Mesías no podía ser muerto por la maldad del pueblo, estaba preservado por un poder divino (lo cual ya hemos explicado), como nunca lo estuvieron los Profetas de Israel. Entonces Dios entrega a alguien para que los judíos concreten su intención, pues Él no impide la intención criminal de los que se quieren condenar a sí mismos. Los judíos rompieron así definitivamente su pacto o alianza con el Señor, que habían gozado a través de todo el Antiguo Testamento, alianza que culminaba con la aceptación del Mesías. Pero cuando éste llega lo rechazan, lo combaten, e intentan matarlo. Dice en Juan: “Si yo no hubiera venido y no les hubiera hablado, no tendrían pecado; pero ahora no tienen excusa de su pecado… Si no hubiera hecho entre ellos obras que no ha hecho ningún otro, no tendrían pecado; pero ahora las han visto, y nos odian a mí y a mi Padre” (Jn. 15:22 y 24)

         ¿Quiénes lo combaten?: No el pueblo directamente, sino la alta clerecía, que regularmente defiende sus propios intereses egoístas. La alta clerecía estaba ligada muy concretamente a las riquezas de este mundo; cuando él les demuestra que estaba en contra de esos intereses, dando latigazos a los mercaderes del Templo, ellos comienzan a prepararle la celada. A ellos no les preocupaba tanto que Jesús dijera esto o aquello, que era o no Mesías, pues “administraban” las creencias y podían desmentir y tergiversar lo que afirmaba Jesús, como hicieron con el resto de los Profetas. Pero lo que les molestaba sobremanera era que él destruyera sus tiendas, pues las tiendas del Templo eran de propiedad de los grandes sacerdotes. Jesús desparramó sus monedas (¡vaya uno a saber si las pudieron recuperar!), espantó las palomas del sacrificio que ellos exhibían para la venta, etc. Los grandes sacerdotes, por interpósita persona, mercaban con el culto, y el Templo era su gran negocio. Si ellos no otorgaban un permiso, nadie podía comerciar allí.

         Además, Jesús venía a comprometer la alianza de la alta clerecía con el ocupante romano. Por eso cuando exigen que él sea crucificado se apoyan en que quiso proclamarse “rey de Israel”, lo cual constituía una rebelión contra el poder imperial romano. Dice en Juan que los judíos, respondiendo a los grandes sacerdotes, gritaban a Pilato: “«Si sueltas a ése, no eres amigo del César; todo el que se hace rey se enfrenta al César» Al oír Pilato estas palabras, hizo salir a Jesús y se sentó en el tribunal… Dice Pilato a los judíos: «Aquí tenéis a vuestro  Rey» Ellos gritaron: «¡Fuera, fuera! ¡Crucifícale!» Les dice Pilato: «¿A vuestro Rey voy a crucificar?» Replicaron los sumos sacerdotes: «No tenemos más rey que el César»” (Jn. 19:12-15)

         Jesús nunca se había proclamado “rey de Israel”, y había dejado su autoridad claramente expresada al decir: “Si Dios no me testimonia yo no puedo dar testimonio de mí mismo”, que era como decir a los pontífices y al pueblo: “Yo soy el Mesías anunciado por la Escritura, y para prueba y testimonio he aquí los milagros que Dios me permite realizar con Su Poder” Y al respecto, cierta vez les planteó esto: “Las cosas que hacía Juan el Bautista, la autoridad de bautizar que tenía, ¿venía de Dios o de los hombres?”. Y ellos respondieron que no lo sabían, negándose a decir que era de Dios. Porque Juan el Bautista había anunciado claramente al Mesías, y sus seguidores, después de su desaparición, seguían a Jesús. De modo que reconocer que Juan el Bautista tenía autoridad divina, equivalía a confirmar que Jesús era el anunciado Mesías. Pero también si declaraban que Juan no bautizaba por autoridad de Dios, este Profeta habría quedado desmentido como un farsante, lo cual era muy peligroso para los mismos intereses de los sacerdotes. Juan el Bautista era entonces grande en el corazón del pueblo, había sido asesinado como mártir, y algunos sacerdotes lo habían aceptado ya. Desmentirlo era oponerse al pueblo, a la religión, y contradecirse a sí mismos.

La señal del profeta Jonás

Durante la crucifixión sucedieron algunas cosas muy extrañas que también contienen secretos, como que el día se hizo noche, que saliera agua del cuerpo del crucificado, que se desatara una tormenta. ¿Cómo se explica todo esto? Hay cosas que quizás no deben ser ciertas, pero otras es posible que hayan sucedido realmente. Lo más importante es que se presentan ciertos hechos contradictorios, como que Jesús anunciara que no va a dar otro signo o prueba que el que dio Jonás, quien estuvo tres días en el vientre de la ballena. Esto se interpretó erróneamente como que iba a morir en la cruz y desaparecería por el mismo lapso que Jonás, lo cual no sucedió precisamente con Jesús, pues él no desapareció tres días. De aquí nacen otras confusiones y agregados a los hechos originales.

         Jesús mismo había dicho: “«¡Generación malvada y adúltera! Una señal pide, y no se le dará otra señal que la señal del profeta Jonás. Porque de la misma manera que Jonás estuvo en el vientre del cetáceo tres días y tres noches, así también el Hijo del hombre estará en el seno de la tierra tres días y tres noches” (Mt. 12:39-40; Lc. 11:29-32) Pero, antes que nada, Jesús no estuvo en el “seno de la tierra”, porque no lo sepultaron, como podemos comprobar en Jn. 19:42; Lc. 23:55; Mr.  15: 47; Lc. 24: 3: “y entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús”; Mr.  16:6: “Ved el lugar donde le pusieron” La misma palabra usada para el sepelio del crucificado es “sepulcro” y no “sepultura”, o “Inhumación”, lo cual indica el edificio donde se pone a un muerto, no el hecho de enterrarlo.

         También existe al respecto una cuestión cronológica muy importante. Si suponemos que el crucificado expiró el viernes a la noche, siendo llevado enseguida al sepulcro, y que el domingo a la mañana había desaparecido de la tumba, no habrían pasado todavía tres días y tres noches. Pero si nosotros tomamos el tiempo desde el momento en que él se transfigura y desaparece, hasta la primera vez que el domingo a la mañana lo ve María Magdalena, a lo que ya nos referimos, estamos más cerca de los “tres días y tres noches”

         Esta es sólo uno de los asuntos que deben meditarse mejor, pues es cierto que él dijo que desaparecería, y que daría el signo de Jonás, de los tres días y tres noches. Pero si resulta que desapareció un día y medio, su promesa no se habría cumplido, lo cual es imposible. Se trata de cosas muy importantes, sagradas, que deben ser correctas y exactas. Las palabras de Jesús no eran vanas ni inexactas. Debemos, pues, interpretar las cosas con mayor profundidad, ya que la interpretación que se le da a la gente en general suena más bien a mitología. La gente en su ignorancia acepta pasivamente todo lo que le presentan, que normalmente va dirigido a su sentimentalismo. Aunque hoy ya nadie cree en mitologías, pero lamentablemente tampoco conocen la verdad, por lo cual hasta lo verdadero cae bajo la picota de la duda y es rechazado como falso.

         Veamos cómo podemos solucionar el enigma. Los judíos no podían mantener crucificados el sábado, descolgaban a todos los ajusticiados el viernes a la caída del sol, y cuando no estaban muertos los mataban rompiéndoles las piernas, y al quedar colgados sin apoyo se asfixiaban por su propio peso. El sábado les estaba prohibido aplicar penas o tener crucificados, y el sábado judío se cuenta a partir del viernes a la caída del sol. Al crucificado lo sacaron de la cruz el viernes por la noche, y a la mañana del domingo se comprueba que había desaparecido. En realidad, estaba desaparecido desde bastante antes. Calculemos el tiempo en que estuvo en juicio, ida y venida a Herodes, y podemos llegar más cerca de los tres días y tres noches de este modo: Jueves (día), viernes (noche, a partir de la caída del sol del jueves), viernes (día), sábado (noche), sábado (día), domingo (noche), y el domingo “muy temprano”, como se dice, se produjo su reaparición.

         De la cripta donde habían puesto el cuerpo nadie lo ve salir, solamente María Magdalena lo encuentra parado a la puerta, no lo ve levantarse de allí nadie. Pues si ese cuerpo en la cripta no era el de Jesús, como sostenemos nosotros, al aparecer el verdadero Jesús el otro cuerpo debía desaparecer. Era, digamos así, un cuerpo dedicado solamente a un uso específico, el de la crucifixión. Una vez terminado eso, desaparece de este mundo.[1]

         Otro punto sumamente oscuro es la conducta en la cruz del mismo crucificado. ¿Cómo podemos creer que diga?: “«Eloí, Eloí, ¿lema sabactaní?», – que quiere decir «¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?»” (Mr.  15:34) Es contradictorio con aquello que él mismo había dicho: “Mirad que llega la hora (y ha llegado ya) en que os dispersaréis cada uno por vuestro lado y me dejaréis solo.      Pero no estoy solo, porque el Padre está conmigo” (Jn. 16:32). Además, es contradictorio con el sufrimiento que los Profetas precedentes supieron soportar. Pero aún más, los mártires del cristianismo sufrieron martirios más atroces en algunos casos que el que soportó el crucificado, y sin embargo, nunca dijeron que Dios “los había abandonado”. ¿Y aquellos dos delincuentes que lo flanqueaban, acaso no estaban en su misma situación? A pesar de esto uno de ellos dijo al otro: “«¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena [que Jesús, Profeta de Dios]? Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho» Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino.»” (Lc. 23:40-42). Pareciera que junto al “¿por qué me has abandonado?” del crucificado, este delincuente tuviera mayor fe, y soportara mejor el suplicio, con mayor paciencia y perseverancia.

[1] El hecho de que fuera un cuerpo especial y sumamente extraño puede ser confirmado por las anomalías que presenta el llamado “manto de Turín” o “Santo Sudario”, que se dice que envolvió al crucificado una vez muerto. Pero no es nuestra intención desarrollar este argumento que nos desviaría de la pretensión que tenemos de ser breves y concisos.

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