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Jesús no fue crucificado – Primera parte

Ver 2° Parte

PRÓLOGO A LA 3° EDICIÓN

A propósito del debate generado en el foro islamsiglo21.com acerca del significado de Jesús y la crucifixión, consideramos oportuno presentar algunos datos.

En primer lugar, son muy escasas las fuentes históricas no cristianas del primer siglo de nuestra era que mencionan a Jesús. Nunca se encontraron las actas del procurador Poncio Pilato, ni el acta de la sesión del Senado en que, según Tertuliano, Tiberio había admitido la divinidad de Cristo. Solamente existen tres referencias, a saber:

  • El párrafo XXV de la biografía de Tiberio Claudio Druso escrita por el historiador romano Cayo Suetonio Tranquilo: “Hizo expulsar de Roma a los judíos, que, excitados por un tal Cresto, provocaban turbulencias.”
  • El libro V.45 de los Annales, del historiador romano Cayo Cornelio Tácito: “Y así Nerón, para descargarse [de los rumores que lo acusaban de haber provocado el incendio de Roma en el año 64] , dio por culpados del mismo, y comenzó a castigar con exquisitos géneros de tormentos, a unos hombres aborrecidos del vulgo por sus excesos, llamados comúnmente cristianos. El autor de este nombre fue Cristo, el cual, imperando Tiberio, había sido ajusticiado por orden de Poncio Pilato, procurador de la Judea”
  • El capítulo XVIII.3 de las “Antigüedades judías” del historiador judío Flavio Josefo: “En este tiempo existió un hombre de nombre Jesús. Su conducta era buena y era considerado virtuoso. Muchos judíos y gente de otras naciones se convirtieron en discípulos suyos. Los convertidos en sus discípulos no lo abandonaron. Relataron que se les había aparecido tres días después de su crucifixión y que estaba vivo. Según esto fue quizá el mesías de quien los profetas habían contado maravillas.” (1)

Por ello las fuentes más abundantes acerca del “Jesús histórico” son indudablemente los evangelios cristianos; para los católicos e iglesias evangélicas en general, solamente los “canónicos”; para miradas menos dogmáticas también los evangelios apócrifos.

Cabe aclarar que la palabra apócrifo viene del griego αποκρυφος que quiere decir oculto o escondido, por lo cual, rechazar el evangelio de Bernabé o el recientemente descubierto (año 2006) evangelio de Judas, porque nunca fueron incorporados al canon de la Iglesia Católica, resulta de una parcialidad evidente; intelectuales católicos reconocen que los evangelios apócrifos de los primeros siglos de la era son debidos a plumas cristianas. Si fueron rechazados en algún momento por la Iglesia pudo deberse a que presentaban, por ejemplo, exageraciones en su afán de ensalzar a Jesús, la virgen María y los apóstoles (2), porque no habían sido fiscalizados por las autoridades eclesiásticas, o porque divulgaban doctrinas gnósticas o heréticas (3).

Volviendo al tema que nos ocupa, me encargo de presentar la primera parte de un libro del Sheij Alí Al-Husainí, denominado “Jesús no fue crucificado”, que iremos publicando en sucesivas entradas en nuestro sitio web. Su mayor virtud consiste, a mi humilde entender (además del excelente manejo de la lengua española, de su originalidad y de su coherencia interpretativa) en que devela la verdad acerca de Jesús y la crucifixión, sin tener que apelar al Sagrado Corán (que solamente reconocemos como escrito revelado los musulmanes), a los polémicos evangelios de Bernabé y de Judas (rechazados como apócrifos), o a las tradiciones orales del Cercano Oriente (mucho más confiables para los antiguos sabios que los documentos escritos, los cuales pueden ser mal traducidos o adulterados) (4); Jesús mismo denunció a los escribas que invalidaban la palabra de Dios (Marcos 7:13) y los acusó por su hipocresía (Mateo 23:13)).

El libro del Sheij Alí Al-Husainí se basa estrictamente en los evangelios canónicos, cuyas citas pueden ser verificadas por cualquier lector crítico que tenga acceso a las fuentes oficiales de la Iglesia (5). La publicación del libro en el año 1990 motivó una investigación por parte de sacerdotes católicos que se apersonaron en el domicilio del Sheij para pedirle explicaciones al respecto, fue reeditada en el año 2001, y se encuentra actualmente agotada. Me consta que el Sheij Alí Al-Husainí no escribió esta obra para aumentar su prestigio intelectual, o para competir con los teólogos cristianos, sino por amor a la verdad y para desagraviar a Isa Ibn Mariam, Jesús hijo de María (con él sea la Paz).

Hasan Gómez

Notas:

(1) Existe una versión más difundida acusada de haber sido interpolada por autores cristianos, citamos aquí la de Agapio obispo católico melquita del siglo X.

(2) afirma Luis M. de Cadiz en su “historia de la literatura patrística” “Se trata de narraciones raras e inverosímiles, prodigios, milagros y hechos fantásticos, prodigados sin justificación”. Nos preguntamos: Con ese criterio ¿Son menos “fantásticos” los milagros mencionados por Mateo, Marcos, Lucas y Juan? Me permito una anécdota: visité en Buenos Aires, en abril de 1998, junto al Sheij Alí Al-Husainí y otros hermanos, a un obispo católico, que se encontraba enfermo en ese entonces, para entregarle un obsequio; nos quedamos mirándonos entre nosotros, sorprendidos y sin palabras, cuando escuchamos de su boca opinar que muchas historias bíblicas eran básicamente “cuentos para el pueblo”, y que no había que tomarlas demasiado en serio.

(3) Se consideraban heréticas o heterodoxas porque no coincidían con la doctrina oficial u ortodoxia católica, criterio que no sirve para afirmar la veracidad de unas por sobre las otras.

(4) Cambiar una palabra o incluso una sola letra en un texto puede llevar a significados divergentes. Y no han faltado intentos no solo en la política o en las fuentes históricas sino también en la propia Iglesia, como por ejemplo en el Concilio de Nicea (año 325), donde luego de acaloradas debates, y habiéndose aprobado la fórmula de que Jesús era ὁμοούσιος, de la misma sustancia que Dios padre (lo que fue luego introducido en el Credo, a pesar de ser rechazada por Arrio y otros obispos, luego desterrados) parece que Eusebio de Nicomedia (presidente de la facción arriana en el concilio) firmó después de intercalar una i en la fórmula aprobada, lo que cambiaba radicalmente el significado, pues ὁμοιούσιος significa “semejante”.

(5) En esta edición las citas evangélicas fueron extraídas de la edición digital de la “Biblia de Jerusalén”

PRÓLOGO A LA 1° EDICIÓN

Debemos primero advertir que existe una doble versión de Jesús, una muy popular y conocida, que podríamos llamar la versión “mitológica, que no lo concibe en su real dimensión, creyendo que  así lo enaltece, y atribuyéndole cosas que no le corresponden; y, segundo, una versión real de lo que fue Jesús, según surge de los evangelios y demás documentos más antiguos.

         La función de los Profetas en la historia, en cuanto maestros de la humanidad, ha sido la de descubrir la realidad. Consistió en eliminar los cuentos y los mitos, y enseñar al hombre la verdad tal cual es, siendo ella el único medio de llegar a la plenitud del ser. El que no conoce es apto para admitir mitos y cuentos. Llegar a la verdad, a la realidad de las cosas, y aceptarlas como son, rechazando la mitología y el cuento, es un desafío muy grande para el alma humana.

         El “Jesús” de la mitología es un “Jesús” neutro, inofensivo, como un sedante que se le ha dado a la gente para que no piense. Un “Jesús” forjado para otros fines diferentes al conocimiento verdadero, a la búsqueda de sí mismo, de la verdad por sí mismo, al esfuerzo por la propia plenitud y liberación. Esta falsificación se realizó por dos vías, por un lado alterando los textos originales, y por otro, cubriendo tales textos (pues en última instancia no pudieron ser totalmente amañados) a través de una doctrina que se llamó “la tradición”, a la que se le ha otorgado una categoría más importante que la que tienen los evangelios. Dicha “tradición” no es más que una interpretación histórica del cristianismo, adaptada a la mentalidad de una época, interpretación que sirvió de trampolín para la expansión del cristianismo en el imperio romano, y en general en occidente, por entonces degradado para el conocimiento espiritual y metafísico puro tal como el que traían los Profetas. Así se da una forma indebida al mensaje de Jesús, forma que en realidad lo oculta y lo distorsiona.

         Con este opúsculo deseamos contribuir al esclarecimiento necesario de aquel mensaje. Nuestro propósito no es polémico sino educativo, pedagógico. Deseamos mostrar los velos que cubren algunos secretos sobre el significado metafísico de Jesús, sólo los velos, para que en ellos se vea la luz de la verdad resplandecer. Lo hacemos, además, como acto de desagravio al Mesías, al que ama nuestro corazón, el que ha sido injuriado a través de los siglos por los ignorantes y los malvados: “Y entonces vendrán a mí y dirán: “Muchos me dirán aquel Día: “Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?” Y entonces les declararé: “¡Jamás os conocí; apartaos de mí, agentes de iniquidad!” (Mateo 7:22-23)[1]

INTRODUCCIÓN

La interpretación que se le da a la gente en general de los hechos acerca de Jesús el Mesías suena más bien, como ya dijimos en el prólogo, a mitología. La gente en su ignorancia acepta pasivamente todo lo que le presentan, que normalmente va dirigido a su sentimentalismo. Aunque hoy ya nadie cree en mitologías abiertamente como en el pasado, lamentablemente tampoco conocen la verdad, por lo cual hasta lo verdadero cae bajo la picota de la duda y es rechazado como falso.

Más aún y peor, en la actualidad tampoco se hace el esfuerzo de superar la mitología, más bien se la profundiza, se la multiplica y perfecciona, y se la exalta a través de muchos medios que llegan al pública masivo sin tamiz alguno, y es consumido como el alimento más preciado. La televisión, el cinematógrafo, la fantasiosa literatura que se inmiscuye en asuntos antes exclusivos de la investigación más rigurosa, debido a su gravedad, pero que alega que ha investigado y concluye dando una opinión caprichosa y sin fundamento, etc., son hoy los mentores de la verdad, y así lo acepta el público en general.

La degradación intelectual del presente no tiene parangón en la historia de la humanidad. La humillación que sufren los verdaderos pensadores es coincidente y directamente proporcional con la degradación social que sufre la población. Podemos decir sin equivocarnos que el caos en que se vive y la inseguridad que nos aflige son hijos de la degradación que los verdaderos referentes de la humanidad adolecen.

Esto se produce también en las ciencias en las que las humanísticas, como la filosofía, la psicología, la historia, la sociología y otras quedaron en manos de personas incapaces de plantearlas en su verdadera esencia, y que las ponen al servicio de la publicidad, de la producción dividendos, de una ideología política, y en definitiva del poder dominante, no de una reflexión seria y objetiva. Esta es la parodia de la ciencia.

La cultura se ha degradado, la curación por el espíritu, como se llamaba a cultivar el conocimiento, se ha mercantilizado. Los falsarios de cada sector simulan conocimientos y sólo responden a sus apetencias. Los ídolos dominan, no ya solamente a las masas que en su ignorancia los compran con parte de sus vidas, sino también a los pretendidos mentores de cada dominio. En definitiva, la idolatría de hoy es superior en degradación a la antigua.

Nosotros realizaremos aquí acerca de Jesús una especie de investigación detectivesca, o como la que realiza un juez en un caso delictivo, donde existe un crimen o un hecho sospechoso. Debemos estudiar no ya las palabras, lo que dice la gente, sino los acontecimientos, para formarnos un argumento, una idea de lo que realmente pudo haber pasado. Y por suerte tenemos datos suficientes sobre los hechos, datos que los “correctores” de las Escrituras no entendieron, porque de lo contrario los hubiesen borrado. En realidad no sabían que allí se encontraban las claves. Lo fundamental es que aún cuando existan agregados y distorsiones en los textos, lo que surge de los hechos es lo más importante.

Es cierto que debemos contar con que los textos han sido alterados a través del tiempo por parte de los escribas, a veces sin mala intención. Se afirma, por ejemplo, que la “Vulgata”, es decir la Biblia que estableció San Jerónimo en el siglo V, por orden del Papa de esa época, ya en el 1.500, cuando se editó por primera vez en imprenta, estaba tan corrupta que al cotejar varias no había dos párrafos iguales. Aunque repetimos, lo que surge de los hechos es lo más importante.

Quedarán no obstante muchos asuntos sin dilucidar, porque nuestro intento no es agotar este tema con un opúsculo como el presente, sino solamente abrir una puerta hacia los secretos de los hechos alrededor de Jesús el Mesías.

PRIMERA PARTE

¿Quién es Jesús?[2]

Comencemos, pues, con nuestro tema al que podemos llamar “el secreto de Jesús”. Trataremos sobre su significación, la función metafísica que él ha tenido en este mundo y que tendrá en el futuro, y por último su jerarquía entre los maestros de la humanidad. Deseo advertir, también, que no nos basaremos en otra cosa que los Evangelios, trataremos de descubrir el sentido de dichos textos en su pureza y espontaneidad.

         Debemos partir de la idea de Jesús, como el Mesías esperado. Así fue mencionado reiteradamente por el Antiguo Testamento. Jesús mismo dice en el Evangelio de Juan: “Si yo diera testimonio de mí mismo, mi testimonio no sería válido. […] Y el Padre, que me ha enviado, es el que ha dado testimonio de mí. Vosotros no habéis oído nunca su voz, ni habéis visto nunca su rostro […] Vosotros investigáis las escrituras, ya que creéis tener en ellas vida eterna; ellas son las que dan testimonio de mí […] No penséis que os voy a acusar yo delante del Padre. Vuestro acusador es Moisés, en quién habéis puesto vuestra esperanza. Porque, si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque él escribió de mí. Pero si no creéis en sus escritos, ¿cómo vais a creer en mis palabras? (5:31,37, 39 y 45-47). Por su parte, en los rollos del Mar Muerto los esenios denominaron al Mesías “maestro de virtud”. Jesús constituyó, entonces, la culminación de los Profetas de Israel, y era esperado como el signo de los “últimos tiempos”, o del “fin de los días”, previos a la instauración entre todos los hombres del Reino de Dios. Esto mismo es lo que se interpretaba entonces.

         Otra de las ideas imperantes era que el Mesías sería un descendiente de David, es decir de la tribu de Judá, y que antes de su venida debía reaparecer el Profeta Elías, de quién pensaban que sería un sumo sacerdote de la tribu de Leví. El Mesías vendría para todos los pueblos, no sólo para Israel.

¿Cuál fue el sentido de su apelativo “hijo de dios”?

En el Antiguo Testamento se designa al Mesías esperado como “siervo de Dios” y “Mesías”; su designación como “hijo de Dios”, que tanto se ha vulgarizado entre cristianos, no es frecuente en las profecías, ni mucho menos era entendida en el sentido que actualmente se la entiende en las teologías de las iglesias.

La expresión “hijo de Dios” aparece muchas veces en el Antiguo Testamento, referida a muchos Profetas, pero nunca antes de las teologías mencionadas se le habría ocurrido a nadie interpretarla como luego éstas lo hacen. Para los Profetas del Antiguo Testamento “hijo de Dios” no indica una “relación substancial” entre quien es de tal modo designado y Dios mismo, no se trataba de un ser especial “engendrado por Dios desde la eternidad”, como se sostiene en las iglesias, ni una de las “personas divinas”. Era solamente de un título de dignidad elevadísima, que otorgaba a quien lo poseía la categoría del mejor de los siervos de Dios entre los hombres, el amigo de Dios por excelencia. Era una expresión de dignificación, con un sentido metafórico aunque también muy concreto, pues no constituía un mero homenaje, sino una categoría espiritual efectiva. Pero nunca se la concibió, antes de que lo hiciera la teología eclesiástica, como una relación “esencial”, o “substancial”, o “real” entre la “Esencia de Dios” y una criatura cualquiera.

Citaré algunos lugares de la Biblia con la expresión “hijo de Dios”: Es aplicada a Adán, como en el evangelio de Lucas (3:38), y en el Génesis esa expresión, respecto de Adán, se deduce del contexto, aunque no figura literalmente (Gén. 1:26-27); a los descendientes de Set también le es aplicado ese apelativo (Gen. 6:1-2); y en Lucas figura así de los ángeles (20:36), lo mismo que en el libro de Job sobre los ángeles (1:6, 2:1, 38:7). De Salomón se dice textualmente en Crónicas: “…le he escogido a él por hijo mío, y yo seré para él padre” (libro 1º, 28:6), tal cual se dice en el bautismo de Jesús en el Jordán: “A éste he escogido por hijo muy amado” (Mt. 3:17). Y entonces una voz que salía de los cielos clamó: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco» A David los Salmos lo llaman “hijo de Dios” reiteradamente (2:7); en Daniel (3:25-26 y 28) figura el mismo apelativo referido a un “cuarto” (como así se lo menciona). “Siervo justo” o “hijo de dios” para los pueblos de esa época significaban lo mismo.

Por otra parte, el mismo Jesús llamó “hijos de Dios” a sus seguidores, y en general a todos los creyentes, cuando dice: “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mt. 5:9). También está el famoso: “Padre nuestro que estás en los cielos” (Mt. 6:9), por lo que se deduce la filialidad divina de todos los hombres (o al menos los que aceptan a Jesús) Hablando a los apóstoles él les dice: “Mas cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué vais a hablar. Lo que tengáis que hablar se os comunicará en aquel momento. Porque no seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará en vosotros” (Mt. 10:19 y 20). Esto era lo que le pasaba al mismo Jesús, cuando él decía que era “su Padre” el que hablaba por él, como explica a sus seguidores. En consecuencia, tanto los términos “hijo” como “padre” en las escrituras sagradas, incluidos los evangelios, son muy diferentes a lo que afirma la teología.

         Podemos, pues, extraer una conclusión de lo que hemos expuesto. La expresión “hijo de Dios” utilizada por el Antiguo Testamento respecto de Adán, por ejemplo, alude a un vínculo especial y directo entre Dios y el ser del cual se dice eso. Dios creó a Adán e insufló en él de Su Espíritu, es decir le transmitió algunos de los Atributos divinos, como el conocimiento, la voluntad libre, el discernimiento del bien y del mal, la misericordia, el amor, etc. Cuando un ser es enviado por Dios con la categoría de Profeta o Mensajero Suyo, el Antiguo Testamento puede llegar a designarlo como “hijo de Dios”, en el sentido de “el mejor siervo” como título dignificante, pues dicho ser es el delegado de Dios ante los hombres y el intercesor de los hombres ante Dios.

         Por otra parte, Jesús asentó claramente su categoría de Profeta y de Mensajero de Dios, tal como los Profetas anteriores a él, diciendo: “Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado. Quien reciba a un profeta por ser profeta, recompensa de profeta recibirá, y quien reciba a un justo por ser justo, recompensa de justo recibirá…” (Mt. 10:40-41) En una ocasión le preguntaron los seguidores de Juan el Bautista: “¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?” (Mt. 11:3), quedando implícito en la pregunta que Jesús era un Profeta esperado anunciado por el Antiguo Testamento, y en especial esperado por los discípulos de Juan el Bautista.

         Su condición de “siervo de Dios” tampoco es negada por él. Dijo Jesús respondiendo al demonio: “También está escrito: ‘No tentarás al Señor tu Dios’” (Mt. 4:7), considerándose a sí mismo como siervo obediente de Dios y de la Ley revelada, y reiterando así lo que dice el Deuteronomio (6:16). Se define como “siervo” cuando expresa respecto de sí mismo: “Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a él darás culto” (Mt. 4:10), aludiendo otra vez al Deuteronomio (6:13-14). Igualmente lo hace cuando dice: “Aquel que me ha enviado” y “Padre nuestro”, donde se iguala al resto de la gente, y cuando dice: “…por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios…” (Mt., 12:28), reconociendo en todos los casos su dependencia de Dios y del Espíritu Santo para realizar milagros. La misma consagración de Jesús para su misión mediante el bautismo del Jordán manifiesta su vínculo íntimo con el Espíritu Santo, gracias a lo cual él tiene la misión de transmitir la Revelación que el Espíritu le comunica, igual que todos los Profetas.

         Dice en Mateo: “Bautizado Jesús, salió luego del agua; y en esto se abrieron los cielos y vio [Juan el Bautista] al Espíritu de Dios que bajaba en forma de paloma y venía sobre él [Jesús]” (3:16), lo cual indica que Jesús no poseía la categoría de Profeta antes de ese momento, y que le fue dada por Dios como a otros Profetas, siervos Suyos elegidos. La expresión: “…Pondré mi Espíritu sobre él” se refiere también a su consagración como Profeta. Y si ni Profeta era antes de ser consagrado, ¿cómo podemos pretender que era “Dios en persona”?

El significado de “Mesías”, la virginidad de María y los milagros

Consideremos primero una expresión muy interesante por su etimología, el significado de la palabra “Mesías”, y qué tiene que ver con la virginidad de María. “Mesías” significa “ungido” o “purificado”. Los semitas solían utilizar ungüentos y aceites, esencias aromáticas y perfumes para purificar sus cuerpos, y ofrecer al visitante o a la persona santa y venerable. Los reyes eran ungidos al acceder al trono, y también solían ungir los cadáveres como purificación final. Esto significa que la palabra “Mesías” o “ungido”, aplicada a Jesús, como último Profeta de Israel y el más destacado, se entendía como “el purificado, el que no tiene imperfección”. En los Salmos de Salomón el Mesías es considerado puro, y es por ello que debía nacer de una virgen, es decir de alguien de su misma categoría, pura como él.

         Los musulmanes, sin embargo, no creemos que los pecados se transmitan de padres a hijos, y menos aún que el acto procreador entre un hombre y una mujer sea pecaminoso, y que debido a ello Dios determinó omitirlo en el caso de Jesús. Creemos, por el contrario, que el nacimiento del Mesías en el seno de una virgen es solamente un signo, una prueba más de las tantas que habría él de dar en su vida para demostrar que de verdad era el Mesías esperado. En el futuro se habrían de presentar en Palestina tantos falsos “mesías” y “profetas”, por lo que Dios quiso evidenciar un signo extraordinario en el nacimiento de Jesús, para distinguirlo de los falsarios. Ya antes en el tiempo en Israel habían aparecido muchos falsos “mesías” y “profetas”.

         El nacimiento virginal, entonces, no significa que Jesús fuera un dios o un semidiós, sino que, por el contrario, tuvo por fin convencer a sus contemporáneos sobre la veracidad de su misión. Para nosotros ese nacimiento no tiene una categoría superior al resto de los milagros que hicieron no sólo Jesús, sino también muchos de los Profetas que han existido.

         Además, debemos saber que el nacimiento virginal de Jesús no fue el único milagro de ese tipo, sino que los nacimientos de María y de Juan el Bautista fueron también hechos milagrosos, dado que en ambos casos nacieron de una madre anciana que ya no podía procrear, y como respuesta a un ruego de sus padres. Sin duda que esos nacimientos tuvieron por fin convencer a los contemporáneos de María y Juan el Bautista sobre la superioridad de estos seres, a fin de que aquellos se beneficiaran espiritualmente, tal como en el caso de Jesús. El nacimiento milagroso de María constituyó indudablemente la preparación del nacimiento de Jesús, quien por ser Mesías, es decir inmaculado, debía tener una madre igual.[3]

         En conclusión, los milagros sólo sirven para aceptar la verdad, no para otorgar la categoría espiritual a los Profetas y Mensajeros, la cual la otorga Dios directamente, por su libre Voluntad, sin necesidad de pruebas o de milagros, ni de justificaciones, aceptaciones o rechazos por parte de los hombres. El milagro es una Misericordia del Señor a favor de Sus siervos.

         Es lógico que un pueblo como el judío, acostumbrado a cuestionarlo todo, a rechazar a sus Profetas, y aún a asesinarlos, reciba una prueba de tal tamaño como la del nacimiento virginal, y aún más, la resurrección de muertos por parte de Jesús, la curación de sordos y ciegos de nacimiento, de leprosos y endemoniados, etc. Otros Profetas, como Moisés, Elías, Ezequiel, Daniel, etc., habían hecho muchos milagros, pero Jesús traerá milagros de la salud, de la vida, y no sólo vinculados a la naturaleza, como en el caso de Moisés. Estos hechos relativos a la vida y a la muerte son aún más impactantes para los pueblos, y por ello fueron reservados para el Mesías, en una época en que el pueblo judío estaba en una extrema desintegración, y cuando su escepticismo había llegado al máximo.

[1] Hemos citado en este opúsculo la “Biblia de Jerusalén” Ed. electrónica1976. (ver sitios en internet).

[2] Utilizamos el verbo en presente porque los seres como Jesús no pasan simplemente a la historia, no son pasado, están siempre presentes.

[3] El nacimiento extraordinario de María es narrado por el Sagrado Corán, donde se le otorga una categoría espiritual equivalente a la de un profeta. Se cuenta que su padre Imrán (así llamado Joaquín, el padre de María, en el Sagrado Corán) era un hombre santo que había llegado a la ancianidad junto con su esposa, sin tener hijos, y ya no podrían tenerlos. Por eso figura en el Sagrado Corán un ruego como pedido de milagro (3:35), y Ana, la madre de María, consagra a Dios el fruto de su vientre al Señor. Se interpreta esto como que esperaba un varón, santo como su padre, que sucediera a éste como heredero de David, en la descendencia profética. Cuando nace una niña su madre se asombra de ello. Dice el Sagrado Corán: He aquí que la esposa de Imrán rogó: “¡Señor mío! ¡He ofrendado a Ti lo que hay en mi vientre consagrándolo [a Tu servicio]!: ¡Acéptalo de mí, porque Tú eres Oyentísimo [de mi súplica], Conocentísimo [de mi intención]!” Y cuando la dio a luz, exclamó [sorprendida y apenada]: “¡Señor mío! ¡He dado a luz a una hembra [no el varón consagrado a Ti]!” Pero Allah es más Conocedor de lo que había alumbrado, y que el varón no es como la mujer [en el servicio al Señor] “Y la he llamado María, y por cierto que la amparo en Ti, a ella y a su descendencia [Jesús] de Satanás el execrado” Su Señor la aceptó de ella [consagrada al Templo] con favorable aceptación, y la hizo crecer de bella conformación [espiritual y ética], y la encargó a Zacarías. Cada vez que Zacarías entraba en el claustro donde ella estaba, encontraba con ella provisiones [de verano en invierno y de invierno en verano] Exclamó [una vez]: “¡María! ¿De dónde te viene esto?” Ella respondió: “Es de parte de Allah. Sin duda que Allah provee sin medida a quien Él quiere” (capítulo 3:35-37)

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