El contexto mundial y la llegada del Restaurador de la Paz y la Justicia

Historiadores occidentales, tratando de explicar la expansión del cristianismo a lo largo y ancho del Imperio Romano, señalaron no solamente los méritos propios de la nueva fe sino los factores externos que contribuyeron a tal fenómeno. Ciertamente, la transmisión oral y las epístolas de los apóstoles dirigidas a diferentes ciudades del imperio aprovecharon la lengua griega (koiné), impuesta desde el período helenístico como lengua de uso común en Europa Oriental y el Próximo Oriente. Asimismo, la frialdad protocolar de la religión oficial romana propició la aceptación de un culto que proponía una experiencia espiritual íntima y mucho más intensa que la precedente.

Cuando se trata de explicar el éxito del Profeta Muhammad (BPDyC) en los orígenes del islam se recurre a un argumento similar: las convulsiones internas y guerras tribales en la Arabia preislámica y el contacto con las creencias de judíos y cristianos habrían predispuesto a muchos árabes a aceptar el mensaje monoteísta y fuertemente conciliador del Profeta.

Ahora bien, sin apelar a las tradiciones islámicas, que anticiparon los signos del final de los tiempos, podemos apreciar hoy en día ciertos factores externos que hacen verosímil el anuncio de la llegada del Restaurador quien “llenará la tierra de equidad y justicia, como estuvo antes repleta de injusticia y tiranía”:

Las guerras locales o regionales, que no han cesado ni un año desde la creación de la ONU y amenazan desembocar, aun cuando sea por “accidente”, en un conflicto de escala mundial.

La decadencia moral e insatisfacción espiritual de la mayoría de los ciudadanos en los países más desarrollados y la opresión en que subsisten los pueblos en los países “en vías de desarrollo”.

Los desastres ambientales, que han llevado recientemente a un panel internacional de 12 juristas, a proponer ante la Corte Penal Internacional el delito de “Ecocidio” [1]

En medio de este panorama desesperanzador se presenta la crisis política más grande de la historia humana, cuyo símbolo ha sido la pandemia covid-19, que muestra su doble sentido, destructivo y constructivo, esto último porque nos obliga a unirnos y reconocer que pertenecemos a un mismo mundo y un solo destino por encima de nacionalismos y racismos.

Resulta evidente para los politólogos, y para mucha gente no especializada pensante, el fracaso de los estados nacionales en sus propios territorios y de las ideologías políticas que pusieron en práctica (liberalismo, comunismo, nacionalsocialismo, solcialdemocracia, etc). La última victoria de los grupos hegemónicos fue imponer el dólar como moneda de cambio internacional, entre empresas y naciones por igual. Pero hoy han bastardeado su propio método de dominio por el manejo abusivo del dólar que ha llegado a ser un mero papel de cambio sin respaldo del oro como lo tuvo hasta la década de los sesenta, y sin otro valor que la potencia industrial de EE.UU., y la confianza que le prestan los usuarios, por necesidad de mantener el intercambio, todo lo cual no es poco. Y aún por el hecho de que todavía lo apoya la fuerza de las armas, como es evidente. Pero si alguno de esos pilares zozobrara, como está sucediendo hoy mismo, las naciones serían las primeras en reemplazar el uso del dólar por sus propias monedas, o por el yen o el rublo, o quizás una moneda internacional libremente adoptada, como sucede con el bitcoin.

Resulta casi necesario, a nuestro humilde entender, el establecimiento de un “gobierno mundial” que distribuya la riqueza racionalmente eliminando la indigencia en todos los pueblos de la humanidad, para dotar a todos los estados de una infraestructura sanitaria y los recursos humanos correspondientes que aseguren la salud de su población, que ponga fin a las guerras y frene la explotación abusiva de los recursos naturales del planeta por el uso de técnicas brutales. Alcanzando estos objetivos mínimos podremos pasar, como especie, a dejar atrás todas las taras morales que abundan en el llamado mundo “post moderno”.

Cuando hablamos de un “gobierno mundial” no estamos pensando en los “iluminati”, ni en los miembros del “Club Bilderberg”, ni en el complejo militar industrial estadounidense, ni en las familias que manejan el sistema financiero mundial, ni en las grandes corporaciones supranacionales.

© Sheij Alí Al-Husainí

[1] El estatuto de la Corte Penal Internacional, ratificado hasta el momento por 123 países, contempla hasta ahora cuatro delitos: genocidio, crímenes de lesa humanidad, crímenes de guerra y el crimen de agresión (el uso de la fuerza armada por un Estado contra la soberanía, la integridad territorial o la independencia política de otro Estado). El neologismo “ecocidio” proviene de la raíz griega oikos, que significa casa (hábitat), y la latina cidio, que significa matar. Diferentes activistas comenzaron a utilizar el concepto en los años setenta para condenar el uso que Estados Unidos hizo durante la Guerra de Vietnam del agente naranja, un herbicida que el ejército del país norteamericano lanzó sobre las selvas asiáticas y cuyos efectos aún perduran.

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