Testimonios de los discípulos del Sheij Alí Al-Husainí (1)

Cómo adherí al Islam (1)

(debido a la cantidad de testimonios serán publicados en sucesivos posteos)


Sheij y discipuloMi acercamiento al Islam es por la misericordia de Allah, exaltada sea su majestad, que me extrae,  por la Barakah del Profeta (BPDyC) y ante la presencia del Sheij Alí Al-Husainí (C) de la gaflah, del descuido, de la insensatez. Lo que no significa que haya dejado de ser insensato, tengo algunos porcentuales todavía y supongo que hasta el final de mi vida la prueba se va a manifestar con toda su fuerza. Circunstancialmente, me encontraba en un estado de total infelicidad, en una crisis donde no encontraba sentido a los actos de mi vida. Mi primer divorcio, el alejamiento de mis hijos, me llevó a un estado que me permito comparar con el de Ibrahim (P) en el desierto, cuando clamó que si el Señor no lo guiaba el no iba a saber a quién adorar. Al Hámdu lil-Láh tuve un sueño que me confirmaba esta vivencia en el sentido de que eran Dios y las Sagradas Escrituras las que me iban a sacar de ese estado. Y esto fue un mojón más en el camino que me acercó a la realidad bendita, al rostro sagrado de nuestro maestro, sidi Múrshid Alí Al-Husainí (C) y a establecer un compromiso con él. Ciertamente que mi idiosincrasia cultural me inclinaba hacia el cristianismo, pero mi intención era tan fuerte en el sentido de acercarme a las palabras reales de Jesús (P) que esta intención y aquel sueño se enlazaron providencialmente con la realización de una conferencia brindada por el Múrshid en el Centro Islámico de la Plata sobre la lengua árabe en el año 1985 antes del mes de Ramadán. Era una disertación en la cual él anunciaba las ventajas de aprender la lengua árabe, en función del contexto internacional y otros motivos generales, pero en un momento dado, al menos eso percibí en él, A udhu billahi minash shaitani rayim, como dando a entender que no era eso lo que él quería decir, su rostro cambió y expresó “¿Acaso Jesús, el hijo de María, en qué lengua habló?”. Lo que fue contundente y situó el tema en el plano real.

Cuando terminó la conferencia, me levanté para acercarme a él y pedirle que me escribiera en mi agenda el título de un libro que había mencionado. Pero mi intención fue doble, no solo se trataba de consignar correctamente el dato sino de ver cómo escribía, cómo era su trazo, porque anteriormente,  un grafólogo anciano, al que tuve que cuidar en una clínica, me había explicado algunas cosas acerca del significado de la escritura y me había gustado aprenderlo.  Me impactó, me escribió en castellano pero parecía árabe y recuerdo que me agradó mucho. Me fui a un rincón, frente a una ventana y pensé en su bendito rostro, lo conceptual de sus palabras, la modulación de sus palabras, y cómo ello me llevaba a enfrentarme conmigo mismo y con aquello que buscaba.

La inscripción para el curso de árabe cerraba justamente ese día. Cuando revisé mi billetera ¡tenía la plata exacta para pagar la inscripción! Recuerdo que era lo último que me quedaba para llegar a fin de mes, que hacía calor en la sala, que transpiraba y que agarré la plata por segunda vez y pedí al fuqará que se encontraba a cargo que me inscribiera. Me dio el recibo, salí y me dije a mi mismo ¿Qué estoy haciendo? ¡Otra vez el sin sentido!…

Tomé las clases de lengua árabe, que se dictaban los lunes y los miércoles, era mi único contacto con el Islam y para mí, sobre todo, con la lengua de Jesús (P), con el bendito tesoro del amor que Allah depositó en ese siervo y con Sidi Múrshid (C) Al-Hámdu lil-Láh!


En el largo y a veces sinuoso sendero de nuestra existencia es difícil percibir en qué momento, en qué recodo, del camino se encendió, primero muy tenue, la luz que nos guiaría hacia la total claridad, hacia la verdad absoluta. 

Quizá fue allá lejos, en los revoltosos años de la niñez, cuando esperaba ansiosa el domingo para ir al cine, para ver películas de “árabes”, porque yo, sin tener ninguna ascendencia árabe, los admiraba, admiraba las amplias vestiduras, los albornoz flotantes, sus cabalgaduras y hasta los poco agraciados camellos.  Allí vi mezquitas y allí los vi rezar y esa forma de prosternarse me conmovió, se adentró en mi corazón. Pero habrían de pasar muchos y largos años antes de que pudiera encontrar una puerta que me permitiera el ingreso a la Comunidad de los Fieles y un maestro que me adoctrinara, porque eso no es fácil, en nuestro país, donde además hay tantos prejuicios falsos contra el lslam, sobre todo tratándose de la mujer… Escuchando una audición árabe, de pronto un señor (el Sheij Alí al Husainí) empezó a hablar de Ismael y del día del Sacrificio.  Escuché con atención, y me sorprendió saber que fue lsmael, hijo de Agar, a quién su padre Abraham sacrificaría y no a lsaac. En otra audición supe que Jesús y su madre eran en el Islam tanto o más venerados que en el cristianismo y que Jesús era un profeta y no un Dios encarnado.  Supe a través de esa prédica semanal que estaba ante el verdadero cristianismo, ante la religión única y verdadera, distorsionada por los hombres hasta el punto de lograr que una gran parte de la humanidad se postrara ante absurdas imágenes que ocupan el lugar de Dios en sus corazones.  Supe que el Islam es una religión universal y la desglosé de lo árabe, pues hasta entonces, árabe e Islam eran para mi casi la misma cosa.  No imaginaba musulmanes de otras razas.  Así, por la misma vía llegué al Centro de Estudios lslámicos, donde me interioricé de las cinco prácticas y los cinco preceptos, y aprendí varias suras y por fin, la oración. Allí estaba yo, por fin había llegado, tras un largo peregrinar, a las puertas de la Ummah (comunidad mundial de los musulmanes). Confieso que sentí cierto temor mezclado con la honda satisfacción espiritual que me embargaba cuando, por primera vez postré mi frente en el suelo, en el mismo acto sublime de aquellos árabes de amplias túnicas que mi asombrada infancia buscaba en las películas. A medida que iba conociendo más a fondo el Islam, sus prácticas, sus costumbres, las enseñanzas depositadas por Allah en el Sagrado Corán, su derecho y leyes, la convicción más completa y firme se fue elevando desde lo más profundo de mi ser. Amor sincero y vehemente hacia Allah, Sublimado Sea, hacia El Corán, hacia Muhammad (B.P.) cambió y le dio significado a mi existencia por la cual marchaba yo sin rumbo fijo.  Así llegó el día que ya esperaba con ansia y pude pronunciar con la más profunda sinceridad, desde lo más hondo de mi corazón la Shahada, testimonio de Fe, con que ruego a Dios sellé mis labios en el último instante de mí vida: Testimonio que no existe Divino sino Allah y Testimonio que Muhammad es su Profeta y Mensajero.


Hacía ya unos seis meses que estaba viviendo aquí, en San Martín de Los Andes, cuando tuve mi primer acercamiento al Islam. Había decidido, como mucha gente en estos últimos tiempos, mudarme a este tranquilo pueblo en busca de un cambio de vida que me lleve a la “Felicidad”. Fue entonces cuando, por medio de una vecina, conocí a quien sería mi esposo en poco tiempo más. Él me fue introduciendo lentamente a los temas que conforman al Islam, mediante la lectura de algunos textos sencillos sobre el tema y varias charlas muy agradables. Pero enseguida quise profundizar sobre a lo que a las mujeres se refiere en el Islam, ya que lo poco que se conoce y la gran difamación que hay en los medios de comunicación sobre los musulmanes, hacen referencia a mujeres oprimidas y sin derechos. Me contacté entonces con una de las mujeres de mayor conocimiento de la Yamá‘ah. Ella me fue enseñando lo que necesitaba saber sobre nosotras las mujeres en el Islam, los hombres, la familia, la sociedad, la forma o prácticas  de vida, etc. Sobre todo, necesitaba algo que me ayudara a “ordenar” mi vida, desde el aspecto más exterior hasta lo más profundo de mi ser, conocer un poco, en la medida de mi capacidad, cual es la realidad, para poder separar lo bueno de lo malo y actuar en consecuencia.

Sobre todo esto se basó mi primera enseñanza, hasta que me sentí segura para conocer a nuestro Múrshid (C). Ello ocurrió en una breve entrevista que tuvimos en su casa, en la cual me sorprendió la sencillez de este Maestro, a quien no rodeaba ningún ambiente de misterio, sino la pava, el mate y una mirada tranquila pero profunda que me recordó a mi padre. Luego de unas breves palabras, me aceptó rápidamente y de inmediato comencé a concurrir a las reuniones de la Comunidad.

Pasado un corto período de tiempo de concurrencia y adaptación-aprendizaje, sentí que necesitaba estar más integrada, más comprometida a la Yamá‘ah, comprendí que ese era el momento de adherir, y adquirir un verdadero nombre también. A partir de ese momento, ya nada volvió a ser como antes. Apenas han trascurrido unos años, pero mi vida y mi persona son otras, día a día voy reconociendo la realidad de mis actos, la realidad de mi ser interior, la plenificación y el conocimiento. Y todo esto lo podré ir logrando, si Dios quiere, poco a poco, y gracias a Dios y la Buena Guía de Mi Maestro (C).

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